Derecho a la impunidad

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Sonometría realizada en Platja d’en Bossa

A los beach clubs les molesta mucho que intenten limitarles su descontrol, tanto que se atreven hasta a usar a los medios de comunicación (o al menos a algunos medios) para advertir al Ayuntamiento de Sant Josep de que no les gusta que les recorten la cantidad de ruido con la que desean destruir a diario la tranquilidad de la isla. Se atreven, los responsables de estos locales, a quejarse de que el Consistorio no ha dialogado con ellos para consensuar el nivel hasta el cual pueden seguir destruyendo nuestras playas, como si alguien nos hubiera preguntado a los ibicencos hasta dónde estábamos dispuestos a soportar. Cada vez menos, a Dios gracias. Sospecho yo, que soy muy malpensada, que estos propietarios de chiringos sobredimensionados esperaban que una negociación previa les permitiera cambiar voluntades políticas, que para eso sirven las reuniones de empresarios y políticos que tanto se dan en despachos institucionales de Eivissa y que nunca deberían tener lugar. Aquí hay depredadores tan acostumbrados a la impunidad que se creen con derecho hasta a reclamarla. Es el sumun. Y la Fiscalía sin mover un folio.
En Benirràs, la pandilla que ha convertido esa playa en otro lugar insufrible se declara en huelga porque resulta que también quiere sacar dinero de la ocupación ilegal de uno de nuestros espacios. Ahora resulta que hasta los hippies en manada se cansan de martirizar a la luna llena sin sacar pasta de ello. Han dejado de tocar porque aseguran que los restaurantes de la zona se benefician de la cantidad de peña que se concentra para las tamboradas y que, sin embargo, nadie les paga royalties por el mogollón. Y supongo que lo que piden es dinero negro, claro, porque no sé cómo ni en qué concepto podría pagarse su insoportable ocupación ilegal de un espacio de todos; lo que afirman que ya les han pagado antes, cómo ha sido, por cierto, ¿en concepto de limosna? Lo que deberían hacer es callar y dar las gracias porque aún no los han echado como buenamente tocaba. Esto, en realidad, viene a ser una especie de impuesto revolucionario con rabieta incluida y mal disparado, porque la mayoría de los ibicencos pagaríamos para que se fueran con sus instrumentos a otra parte. A otra dimensión, a ser posible. Huelga de tambores. Gracias, Dios mío. Por favor, propietarios de los restaurantes, no les deis limosnas, no cedáis a este pizzo, a este ridículo chantaje, que muchos ibicencos volveremos a Benirràs si se van sus usurpadores. Prometido.
Otro ejemplo de las pataletas que les entran a algunos cuando conculcan su derecho a la impunidad nos lo ofreció el presidente de la patronal del ocio nocturno de Balears cuando, el año pasado, criticaba que la Agencia Tributaria se dedicara a investigar si varias discotecas estaban cometiendo fraude fiscal. ¿Os acordáis? Quizás no lo vistéis, pero venía a decir el hombre que cómo se atrevían los agentes de Hacienda a entrar a fisgonear por los despachos de las discotecas en plena temporada alta. ¿En serio debemos permitir que sea a los agentes que intentan acabar con la impunidad, que hacen su trabajo, a los que se ponga en tela de juicio? Y, esas salidas en medios de comunicación, ¿no serán intentos de presionar o de asustar a las administraciones? ¿Son sólo pataletas de malcriados o son algo más?
Y todo esto viene a ser, salvando las distancias, por supuesto, que no sé si deben ser tantas, como si un camello de sa Penya se quejara de que los policías vigilan demasiado la esquina en la que suele hacer negocios. Imaginaos a ese vendedor de droga llamando a los periódicos para declarar públicamente un ‘joer, si es que no me dejan trabajar tranquilo. Así me van a hundir el negocio… y mis empleados, que los tengo, se irán a la calle, que yo doy trabajo, señores, que de mí viven muchas familias’. La contaminación acústica, a decir verdad, es tan delito en el Código Penal como lo es el tráfico de heroína. Que a nadie se le olvide que la limitación del ruido no es sólo cuestión que incumba a las ordenanzas municipales, que está por encima de los ayuntamientos aunque en Sant Josep y en Sant Antoni a menudo parezca que no lo saben.
Los síntomas de la degradación de Eivissa son muchos y diversos, pero hay unos cuantos en concreto que revelan que estamos ante una situación en la que podemos decir que hay mafias beneficiándose del entramado de intereses y consecuencias que dan lugar a delitos, infracciones, falta de respeto y destrucción de nuestro territorio en general. Y este modo soberbio de alzar la voz reclamando un derecho a depredar, a incumplir las leyes, a hacer las normativas a su medida y a no ser investigado en verano es un síntoma y una prueba del grado que hemos alcanzado; o al que nos hemos rebajado, más bien, porque esto es un descenso a los infiernos que ni el de Dante y Virgilio. Y mafia no es un término que se atribuya alegremente, la degradación se convierte en mafia en una comunidad cuando las organizaciones adquieren poder ante los gobernantes por años de permisividad negligente o de corrupción. Y las dos cosas no son excluyentes.

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‘Sa Penya Blues’, ya en edición digital

Portada_CAT_PenyaBlues_ok.fh11‘Sa Penya Blues. El crimen del minusválido’ puede ahora encontrarse también en edición digital en el portal de Amazon. El libro fue editado en papel hace dos años y es el segundo dedicado por completo a un solo crimen, después de ‘El hombre de paja. El crimen de Benimussa’, y se encuentran entre los libros más vendidos de la isla en formato papel. Ahora, con esta nueva edición, ya pueden encontrarse en e-book prácticamente todos los libros publicados primero en papel por la periodista y criminóloga Cristina Amanda Tur (CAT), que también fue la primera autora ibicenca que apostó por el formato digital.
El caso en el que se profundiza en ‘Sa Penya Blues’ es el del asesinato del minusválido conocido como el Torete, del año 2002. Si el crimen de Benimussa sirvió como pretexto para tejer a su alrededor un amplio panorama sobre las mafias de la droga y su implantación en la isla, el crimen del minusválido sirve a la autora para trazar un preciso análisis de la situación del barrio de sa Penya, principalmente en lo que hace referencia a los clanes gitanos de la droga. Paralelamente al crimen y sus circunstancias, ‘Sa Penya blues’ es un viaje a lo más profundo del antiguo barrio marinero y la historia de los clanes gitanos de la heroína, un recorrido por sus miserias. En este libro, con un estilo esencialmente periodístico, sa Penya se abre en canal y revela su maldición; no se puede pasar por el infierno sin mancharse de hollín.
CAT es autora, además, de los ensayos ‘Crímenes de Ibiza y Formentera’, ‘Crónica de sucesos’, ‘Operación Antidroga’ y ‘7 mentes perversas’, y de las novelas ‘El diablo en los detalles’, ‘El ángel suicida’, ‘A todos los gatos les gusta el rhythm’n’blues’ y ‘La canción del siciliano’. Todos ellos pueden encontrarse en e-book, en Amazon o en la página de la editorial Funambulista. Además, en 2017 ha publicado, junto al fotógrafo Joan Costa, el libro ‘101 flores de Ibiza y Formentera’, una selección de flores pitiusas fotografiadas con una técnica especial para mostrar todos sus detalles y acompañadas por textos, como fichas con las que conocer lo más interesante de cada especie.

Un par de enlaces para saber algo más sobre este libro y sobre el último, de flores de Eivissa y Formentera:

https://territoriocat.wordpress.com/2016/04/18/sa-penya-blues-el-crimen-del-minusvalido/

https://territorioibiza.wordpress.com/2017/04/27/101-flores-de-ibiza-y-formentera/

y el enlace a Amazon:

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El secreto de las marionetas: El crimen de Ingeborg más allá de la leyenda

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Ingeborg mostrandos sus marionetas

Cristina Amanda Tur
No hay crimen en Eivissa que haya alimentado leyendas y teorías conspirativas como lo ha hecho el brutal asesinato de Ingeborg Schaefer, golpeada con una máquina de escribir por unos asesinos que, antes de abandonar el lugar, aún se entretuvieron preparándose una tortilla. Se cumplen ahora 40 años del día en el que la viuda del pintor Frank el Punto era asesinada en Dalt Vila y aún hay quien alimenta el mito mientras se desdibuja la realidad. Criminales nazis, conspiraciones dentro de la comunidad alemana y supuestos rituales en el escenario del crimen que, sin embargo, no figuran en parte alguna del sumario, enturbian lo que en realidad es un crimen mucho más interesante por los datos de los que sí se disponen que por aquellos con los que la leyenda lo ha contaminado.
Y estos son los datos. Poco antes de las siete de la tarde del 28 de julio de 1977, la Policía informa al juzgado de que han encontrado el cadáver de una mujer con un gran golpe en la cabeza, en el número 8 de la calle de Santa María. La asesinada es Maria Elisabeth Ingeborg Schaefer, nacida en Leipzig el 13 de marzo de 1923, una mujer muy conocida en la ciudad, viuda del pintor Frank ‘el Punto’ y propietaria de un teatro de marionetas con representaciones todos los domingos y frecuentado por profesores y alumnos de muchos colegios de Eivissa. El médico forense señala que puede llevar 48 horas muerta. Tres días, tal vez. La última vez que la vieron fue en la tarde del día 25, cuando asistió a una fiesta en Sant Agustí con una treintena de amigos y compatriotas. Antes de medianoche, se marchó. Algunos amigos dicen que se iba nerviosa y asustada, aunque saben que tenía miedo a conducir después de la puesta del sol. Ninguno de sus amigos la volvió a ver. La han golpeado varias veces, aunque en el informe de la autopsia no se especifica cuántas, y presenta excoriaciones en un brazo; la han sujetado con fuerza. La puerta de la casa estaba abierta y sin señales de haber sido forzada.
DSC_6711_1551“En la almohada situada sobre la cama existe una gran mancha de sangre, así como en una bata situada junto a dicha almohada, y junto a la misma, en el suelo y en posición de decúbito prono, una mujer, con un camisón color claro, sin bragas y con una gran herida en la cabeza, la cual asía fuertemente un mantón negro, de lana, con el que cubría parte de la cabeza. No se observa riel de sangre entre la almohada y la cabeza de la interfecta”. Cerca del cadáver, a ochenta centímetros, hay un estuche de piel. En su interior, una máquina de escribir, papeles en blanco con la inscripción ‘El Punto’ y varios sobres. Un agente calcula que pesará unos cuatro kilos y se anota, igualmente, en el informe de la inspección ocular. En un canto de la funda hay una abolladura y una “gran mancha de sangre” con algunos cabellos adheridos. Es el arma del crimen. Aunque hay que añadir que la Policía también halló, en la ventana de la cocina, un candelabro con un soporte “en forma de herradura” que, a juzgar por la sangre y los pelos que aún conservaba, pudo también haber sido usado para golpear a la víctima, tal vez para infligirle las heridas que presentaba en una oreja. Quizás la golpearon dos personas distintas.
Por aquel entonces, Juan Antonio Villamor, que posteriormente será comisario de la Policía de Eivissa, es el jefe de la Brigada de Investigación Criminal. Recuerda que había demasiada gente en su escenario del crimen y que tiene que regañar a unos agentes que están fumando. Cuando todos se marchan, ya de noche, él se queda solo, durante más de una hora, esperando a los hombres que deben trasladar el cadáver al cementerio de Vila, donde se le practicará la autopsia. Sólo en el caserón, y si saber aún hacia dónde debe encaminar la investigación, recuerda, inquieto, la máxima criminológica que asegura que el asesino siempre regresa al lugar del crimen. Mientras recorría la casa ha visto el pequeño teatro de marionetas de Ingeborg; una sala con varios bancos de madera, unas cortinas rojas y varios muñecos a los que su dueña ya no volverá a insuflar vida. Hay un payaso, un príncipe y una niña del mar.

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entierro de Ingeborg

En la vivienda, Villamor y sus agentes no han encontrado señales de lucha. Sólo algunos cajones abiertos en la habitación de Ingeborg. En ellos hay dos relojes de pulsera y dos monedas de plata. En una mesa hay un monedero abierto y vacío y, al lado, una tercera moneda de plata, de cinco pesetas (en algunas páginas del sumario se asegura que es de 50). Pocos datos indican en ese momento que el crimen se haya producido durante un robo, aunque no se puede descartar que, tras golpear a la mujer, los asesinos hayan curioseado un poco. En total, en la casa hallan 1.800 marcos y mil pesetas que los delincuentes no se han llevado. Pero lo cierto es que falta dinero de la caja en la que ella solía guardar lo que recaudaba en el teatro de marionetas; calculan que podría haber 6.500 pesetas porque una amiga de la fallecida declarará que eso es lo que se recaudó en la representación del último domingo. Hay ropa de Ingeborg doblada sobre la cama y cinco pares de zapatos alineados bajo ella. La víctima ha caído sobre algunos de esos zapatos. En la cocina, hay un vaso con Coca-cola, una botella, restos de tortilla en una sartén, las cáscaras de cuatro huevos, once huevos en una bolsa, dos tazas de café sucias y la puerta de la nevera está entornada. También hay una radio conectada. La hipótesis que se afianzará sobre este detalle en concreto indica que los asesinos cenaron después de matar a la mujer. Ella jamás bebía Coca-Cola; la guardaba para sus invitados.
Villamor empieza a descartar móviles del crimen. Los agentes han recogido un montón de huellas en distintos lugares de la casa y a lo largo de los siguientes días aparecen nuevas opciones. Una de ellas apunta a los celos, a una posible relación lesbiana de Ingeborg con una vecina que vive con su pareja; varios testigos han visto asustada y agitada a una de las dos mujeres, que se emborrachó en El Corsario tras encontrarse el cadáver de Ingeborg, cuando se reunieron en ese hotel algunos amigos de la víctima. Pero ya entonces, mientras esta pista sigue abierta sin prosperar y los medios de comunicación especulan sobre el pasado nazi de algunos miembros de la comunidad alemana con la que Ingeborg y su marido (fallecido cinco años antes) se relacionaban, Villamor y los agentes de la brigada tienen otra idea en mente. La pista que consideran más sólida conduce hasta dos hermanos, también alemanes, que habían realizado algunos trabajos en casa de la víctima y que hacía escasos días habían sido despedidos por otra mujer alemana para la que hacían de jardineros y a la que habían amenazado con cortar el cuello. De hecho, ella lo había denunciado a la Guardia Civil de Santa Eulària, que les confiscó la documentación y les conminó a largarse de la isla en breve. Tres días antes de que mataran a Ingeborg, esta mujer encontró una carta de los hermanos en el parabrisas de su coche. En ella le pedían perdón, aunque le decían que no había estado bien que fuera a la Guardia Civil, y le pedían 7.000 pesetas para abandonar la isla. Ella fue, precisamente, quien presentó a Ingeborg a los dos hermanos.
El 31 de julio, dos inspectores entran en la casa en la que viven los dos sospechosos, en la carretera de Santa Eulària, y se incautan de un pasaje para abandonar la isla el 11 de agosto, de dos pares de botas con manchas rojo oscuro y de una carpeta con 35 folios y en la portada el título ‘Perverse dokumente verreichte prosa’. Estos ‘documentos perversos’ llamarán la atención de Villamor de una manera especial. Son siete cuentos con temas macabros, en los que se describen crímenes. Y en uno de ellos, la historia de una mujer a la que “se machaca con una máquina de escribir” y un personaje al que se refieren como “la cándida paloma de las marionetas” y “la paloma que va a ser sacrificada”. El jefe de la Brigada de Investigación Criminal de la Policía recordaba estas palabras de los relatos, que ya no se conservan en la carpeta del caso. “El crimen fue una cuestión mental. Así de simple. Describieron un asesinato y lo ejecutaron, igual que hacen ahora algunos con los juegos de rol. Lo escribieron, se obsesionaron con la idea y la llevaron a la práctica. Los autores fueron aquellos dos hermanos, que eran totalmente psicopáticos. Uno era el ejecutor y el otro debía ser el cerebro”. Así resumía el caso el policía muchos años después. Describía a uno de los hermanos como un personaje grandote, fuerte y algo simple, y al segundo como a un individuo delgado, delicado y dueño de “una inteligencia especial”. Rolf Wolgemuth, el mayor, el inteligente, es el dominante, el autor de los ‘documentos perversos’. Tiene 22 años cuando es detenido por el crimen de Ingeborg. Peter tiene 16. “Según informaciones practicadas al respecto, tienen fama de ser personas a las que se puede conceptuar como psicópatas sexuales”, escribía la Policía en un escrito al juez para informarle de las novedades y de los antecedentes por sustracciones y estafa que acababa de comunicar la Interpol.
DSC_0315parte de la declaración de uno de los sospechosos (del sumario)El 3 de agosto son detenidos, aunque ya habían sido interrogados anteriormente el 31 de julio, y los agentes apuran el tiempo de detención hasta las 72 horas, cuando el juez ordena su ingreso en prisión. El 26 de agosto, y mientras aún hay pruebas pendientes, quedan en libertad provisional. Pero nunca serán encausados. La Policía sólo tiene “datos sospechosos”, ninguna prueba, y el juez considera que los ‘documentos perversos’ no son suficientes para sustentar un caso. “Teníamos huellas suyas en la casa, claro, pero era normal que las encontraramos porque habían trabajado ahí”, explicaba el policía, ya retirado, recordando el crimen del año 77. En realidad, en los informes sobre los resultados de las muestras dactilares, las huellas de los hermanos no aparecen en los objetos clave para el crimen, como las armas del crimen.
Poco tiempo después de quedar en libertad, Rolf y Peter fueron acogidos por una mujer que se apiadó de ellos y los contrató para trabajar en su jardín. Un día apareció muerta en el fondo de un pozo y ellos se marcharon de la isla. El caso, de la Guardia Civil, se cerró como un suicidio y nunca fue relacionado con el crimen de Ingeborg. Villamor, sin embargo, no creía en las casualidades. Y en las calles y pueblos de la isla, una historia paralela ha tomado forma para convertirse en leyenda, como si Peter y Rolf no fueran sospechosos suficientemente apasionantes. Entre los amigos y conocidos de Ingeborg en Eivissa hay alemanes que sirvieron a su país, entre ellos aviadores de la Luftwaffe, quizás nazis que intentan ocultar su pasado en la isla y que podían temer que Ingeborg supusiera un peligro para su seguridad. Nada sustenta tales teorías. No aparecen en las diligencias del caso. Pero que el crimen haya quedado sin resolver sigue incitando teorías ajenas a la verdadera investigación.
En marzo de 1978, la Audiencia Provincial ordenó el archivo sin culpables de un sumario que, en realidad, se había incoado como tal el mes anterior, cuando el caso que había sido investigado como diligencias previas pasaba a ser el sumario por asesinato 26/1978. El crimen de Ingeborg sigue teniendo más preguntas que respuestas. De hecho, ni siquiera conocemos el día exacto de su muerte, probablemente el 26 o el 27 de julio. Fue vista por última vez el 25 en una fiesta y su cadáver se encontró en la tarde del 28. En la entrada de la casa, en el suelo, se encontró la prensa de los días 26, 27 y 28, que había sido introducida por el buzón de la puerta y que Ingeborg jamás pudo recoger.
DSC_6706_1550LA LLEGADA A EIVISSA DE LOS SCHAEFER
Ingeborg y Frank Schaefer se instalaron en Eivissa a mediados de los años 50. Frank era pintor y pronto cobró cierto reconocimiento entre la comunidad artística de la isla, donde adoptó el apodo de ‘El Punto’ tras una anécdota con los funcionarios de Correos; cuentan que, para evitar errores, decía a sus conocidos que cambiaran su segundo nombre, Ludwig, por una simple L., con lo que los empleados del servicio postal comenzaron a conocerlo como el señor Frank ‘Ele Punto’. En 1970, Frank estaba gravemente enfermo y, para entretenerlo y también para mantenerse ocupada, Ingeborg empezó a confeccionar sus marionetas. Con ellas montó su ‘teatro de muñecas’ en Dalt Vila, inaugurado el 22 de mayo de 1970. Dos años después, el 7 de febrero de 1972, Frank moría a los 63 años y ella convertía su pequeña vía de escape en un pequeño negocio. El apellido de la pareja se ha normalizado hoy escrito Schaefer, pero lo cierto es que en la mayoría de las páginas de las diligencias del caso, aparece escrito sin la primera ‘e’, alguna vez sin la ‘c’, y a veces con dos ‘f’, incluso en los documentos en los que los agentes copiaron los datos directamente del pasaporte hallado en la casa del crimen. Pudo ser un error menor o tal vez el apellido varió y éste sea un enigma más de la historia de Ingeborg y Frank, la dama de las marionetas y el pintor que abandonó en Eivissa la figuración por el arte abstracto.

Publicado en el dominical de Diario de Ibiza:

http://www.diariodeibiza.es/pitiuses-balears/2017/07/29/40-anos-crimen-marionetas-cometido/931649.html

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La verdad sobre el turismo de lujo

guns to townHace un par de años tuve que colaborar en una investigación en la que estaba implicada una pobre desgraciada que decía ser de un país como muy al este del Edén, que ejercía la prostitución en Eivissa y que había decidido aportar información sustanciosa de unos tipos muy malos y muy habituales por la isla, con base en el vip de uno de esos locales en los que algunos os hacéis fotos para fardar en facebook de que gastáis dinero como si no os costara ganarlo. Y ella, resumiendo mucho, decidió hablar después de que un cliente le diera una paliza, porque, de hecho, le pagaba por poder hacerlo, y de que los encargados del local en el que ejercía dos oficios (uno reconocido y otro no) la obligaran a callar. La prostitución va de esto, que nadie se engañe; es cuestión de humillación y lo que pone es pagar por mandar sobre alguien, el resto es cuento chino para que todos os sintáis mejor.
Al cabo de un tiempo, la mujer desapareció del mapa. Sin haber declarado. Nunca más se ha sabido de ella. Las personas de su entorno no son capaces ni de asegurar si ha regresado, simplemente, a ese país del que se decía originaria. Lo dudan, claro, porque a ella, que ya tenía la cara marcada por una agresión anterior, le había costado mucho tomar la decisión de declarar. Yo también dudo que se fuera, después de todo. Y lo dudan otros investigadores que participaron en el caso, no es que yo sea así de pesimista. Creemos que está muerta. O, como mínimo, deportada a rastras para que no hable. Porque en esta isla sin control y sin moral pasan cosas que nadie quiere oír que pasan. Pero pasan. Y no se trata de una prostituta de un sórdido y sucio local de ses Figueretes, no lo uséis de coartada, sino de una mujer que trabajaba en uno de esos lugares de postín en los que veis a los políticos de siempre dejándose invitar a copas, esos locales que trasladan a las mujeres en furgonetas Mercedes negras y cuyos propietarios son recibidos en los despachos de los políticos o se les dan premios o tienen su corte de lacayos besándoles los pies porque dan trabajo y hacen regalos, como Pablo Escobar. Lo habréis visto en alguna película. Y pasa muy cerca de vosotros, claro que pasa. Pero no queréis oírlo. Quienes van (o quienes vais) a esos locales entran en el juego y se convierten así en cómplices o intentan cerrar los ojos a lo que sucede a su alrededor, a la utilización de mujeres como ganado y a la cocaína que circula, a los grandes traficantes que hacen negocios en sus reservados y al dinero negro que cada noche se lava en sus mesas.
Ella es probable que esté muerta. Da igual. Esto es Eivissa. Esto es Ibiza. ¿Os suena el repugnante mantra? Porque ni Eivissa ni Mallorca son, como alguien dijo un día, Sicilia sin muertos. Claro que hay muertos. Yo me he pasado veranos en la sección de sucesos de Diario de Ibiza sumando muertos. Y luego están los muertos que nunca aparecerán. Y los crímenes sin resolver que también podríamos atribuir a las formas que ha adoptado el turismo en la isla por culpa de todos los depredadores que han querido convertirla en su parque temático, en su basurero particular. Y con lo de las formas me refiero tanto al turismo de borrachera como a eso que llaman turismo de lujo, porque las dos cosas no son tan diferentes como algunos os quieren hacer creer; los dos modos se retroalimentan, pagan a los mismo gángsteres y tienen su origen en los mismo errores.
El turismo de lujo es un traficante de drogas que amarra su yate en el club náutico de Sant Antoni mientras el barco de un pescador ibicenco queda relegado a un pantalán de tercera. El turista de lujo es un traficante de armas que pide que le lleven cocaína a su barco amarrado en el puerto de Vila, ese que nos están robando con tácticas mafiosas. Es un jeque que pide mujeres a las que poder humillar y pegar y que se ríe de la posidonia, de los ibicencos y de esos políticos que tenemos que tan barato firman sus pactos con el diablo. El turismo de lujo es una prostituta desaparecida, tal vez muerta y enterrada, para que no hable. El turismo de lujo es dinero negro lavado a paladas en todos esos locales que algunos promocionáis como si ‘la familia’ fuera la vuestra. ¿No os habéis preguntado cómo es posible que exista una ley por la que no se puede abonar en efectivo algo que vale más de 2.500 euros y en Eivissa veamos pagar en billetes cuentas que superan con creces esa cantidad? Eso es el turismo de lujo, el que compra periodistas, policías y políticos para que no hagan su trabajo, para que se asen en el infierno mientras nos explican las bondades de sus marmitas calientes. Y si todo esto no os da asco, sois parte del problema.

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La muerte errante en Can Planes

DSC_0585Salvador Ortega señalando el tejado, por el que Jules y Margaret entraron en la casa

uno de los policías del caso señalando el lugar por el que los dos jóvenes accedieron a Can Planes

Cristina Amanda Tur (CAT).- El crimen fue en Can Planes. Era el 19 de junio de 1967 y el agente federal Robert Ressler aún no había acuñado la expresión ‘asesino en serie’. Ese día, sin embargo, el criminal serial que llegaría a ser el más singular y estudiado de cuantos nutren la extensa lista de asesinos españoles estaba en Eivissa, donde cometería un crimen que, de no ser por su eminente autor, hoy pocos recordarían. Es más, la muerte de su víctima ni siquiera sería considerada un asesinato. El caso sólo se reabrió y cobró relevancia cuando, tres años y medio después, el prolífico homicida fue interrogado en Cádiz por la desaparición de su novia. Y entonces, para pasmo de los investigadores, se proclamó como “el asesino más importante de España” y empezó a relatar crímenes hasta sumar 48.
Aquella noche, hace 50 años, el norteamericano Jules Morton y la francesa Margaret Helene Boudrie llegaron a Can Planes, una casa de campo en Sant Jordi que entonces estaba desocupada y que Jules ya conocía, desataron una cuerda del pozo y la usaron para descender por una claraboya. Habían estado de fiesta en el Lola’s, se habían tomado unas dosis de LSD y habían decidido continuar la noche a solas, con una guitarra y algo más de droga. Se acomodaron en una de las habitaciones, fumaron unos porros y charlaron y tontearon hasta que se quedaron dormidos. De madrugada, Jules despertó, le pareció oír ruidos en el exterior de la vivienda y pensó que era hora de regresar a su apartamento. Al salir por la puerta cometió uno de esos pequeños errores que, a menudo, cambian la historia; el norteamericano dejó la puerta abierta y, minutos después, la muerte personificada en un hombre con bigote, muy parecido al actor mexicano Cantinflas pero con menos jovialidad, entraba por ella para llevarse a Margaret.

- Manuel Delgado Villegas

Manuel DElgado Villegas

El hombre con bigote es Manuel Delgado Villegas, más conocido como ‘El arropiero’ porque de jovencito ayudaba a su padre a vender, por las calles de Sevilla, un dulce de frutas al que llaman arrope. Manuel es un vagabundo. Merodea por la zona buscando una casa en la que sea fácil entrar y robar algo. Se asoma a una ventana y ve a Jules y a Margaret en la habitación. Y ya seguía su camino cuando, oculto en la oscuridad, ve a Jules salir de la casa dejando tras de sí una puerta abierta y una víctima indefensa. Manuel se cuela en el interior, encuentra a la mujer dormida, la despierta, forcejea con ella, la viola, la asfixia con una almohada tras producirle diversas heridas con un estilete y abandona el lugar llevándose 8.000 pesetas, una cadena de oro y varios billetes de 100 francos. Y se marcha del lugar y de la isla para no regresar hasta cinco años después, esposado y para reconstruir el crimen. Pero esa noche, la historia aún no había encadenado todas sus casualidades porque, mientras Margaret moría, Jules había llegado a su casa para darse cuenta de que había olvidado su pasaporte en Can Planes, así que regresó y encontró sobre la cama el cadáver de su nueva amiga francesa. Y entonces cometió una nueva serie de errores significativos, porque huyó del lugar y, al día siguiente, negó saber nada del asunto al ser interrogado por la Guardia Civil y mintió a su esposa. Demasiadas personas, sin embargo, habían visto a Margaret y Jules aquella noche, incluyendo al taxista que los llevó a Sant Jordi y que se acordaba bien del “melenudo” y su guitarra. Todo apuntaba hacia él y la explicación más simple es la más probable; echar la culpa a un trotamundos oportunista que pasaba por allí y aprovechó una puerta abierta resultaba menos factible.

Juicio a un inocente

IMG_7422noticia del 16 de septiembre de 1977

de la edición de Diario de Ibiza del 16 de septiembre de 1977

Jules Morton, un estudiante de último curso de Medicina y de 30 años de edad, pasó casi un año en prisión preventiva. Hasta junio de 1968, cuando la Audiencia Provincial de Palma lo absolvió de un delito de homicidio en un juicio del que los medios de las islas apenas se ocuparon. Diario de Ibiza publicó una breve nota, el 2 de julio, en la que informaba de la absolución y en la que ni siquiera se citaba a la víctima del crimen. A decir verdad, en esos momentos Margaret Boudrie ya ni siquiera era la víctima de un homicidio. En el juicio no pudo aclararse que el caso se tratara de una muerte violenta porque las pequeñas heridas de la espalda no eran mortales y los médicos forenses fueron incapaces de determinar que hubiera muerto asfixiada con una almohada, así que se optó por una solución fácil y poco comprometedora; Margaret, a punto de cumplir 21 años, había sufrido una parada respiratoria a consecuencia de la elevada cantidad de droga consumida. Muchos en la isla atribuyeron el cambio en la causa del fallecimiento a la intervención de la influyente familia del acusado.
Y este caso habría quedado así zanjado si, tres años y medio después, en Cádiz, El Arropiero no hubiera sido detenido y no hubiera empezado a confesar, uno detrás de otro, crímenes cometidos de una punta a otra de España, e incluso alguno más allá de sus fronteras. Nadie se acordaría de Margaret ni de Can Planes si Manuel no hubiera contado que la francesa fue una de sus más de 40 víctimas. “No tuve más remedio que ahogarla con la almohada. Y me parece que le clavé una navajilla muy fina que había allí cerca… Se la clavé por la espalda y luego lavé el cadáver por si tenía mis huellas”, relató el criminal.

DSC_0629la habitación en la que se cometió el crimen

La habitación del crimen

Más de cuatro años después del crimen, la comitiva policial que, sumario en mano, recorría España intentando comprobar los asesinatos confesados por El Arropiero aterrizó en Eivissa. El entonces inspector de policía Salvador Ortega recuerda cómo los grilletes le ponían nervioso e intentaban llevarlo esposado el menor tiempo posible para que colaborara. Manuel Delgado Villegas se acordaba perfectamente de Can Planes. El policía asegura que tenía una memoria prodigiosa. Recorrió el escenario del crimen explicando todos los detalles que habían cambiado. Afirmó que habían reemplazado el colchón. Y era cierto, la dueña de la casa los condujo hasta un trastero y allí Manuel identificó el colchón y la funda que aún habían conservado; tenía otro dibujo y un siete en forma de cruz que él había hecho con la navaja.
Manuel ingresó en La Modelo y allí se olvidaron de él durante años. En el trayecto del Puerto de Santa María a Madrid, a la Audiencia Nacional, concretamente, el sumario se perdió y los muchos crímenes que dijo haber cometido jamás fueron investigados. Los policías intentaron comprobar 22 de ellos y finalmente sólo siete sumarios se cerraron. El crimen de Margaret Boudrie fue su segunda muerte comprobada. Y un buen día del año 1977, el fiscal Alejandro del Toro descubrió, estupefacto, que un preso de La Modelo llevaba seis años sin juicio y sin abogado, así que buscó a un letrado amigo suyo, Juan Antonio Roqueta, para intentar enmendar el error en la medida de lo posible. Delgado Villegas, finalmente, nunca llegó a juicio. Nueve médicos dictaminaron que en su estado mental era innecesario enfrentarlo a un tribunal y la Audiencia ordenó su ingreso indefinido en un centro penitenciario psiquiátrico de Madrid, una solución sencilla y rápida para una Justicia que había perdido un sumario y olvidado a un preso asesino en serie en una celda de La Modelo.
En 1988, el Arropiero es trasladado al psiquiátrico de Foncalent, donde coincide con otro conocido criminal en serie, Francisco García Escalero, el mendigo que en 1994 se confesó autor de once asesinatos, y ambos discutirán y competirán en el patio del centro por ser el mayor criminal de la historia de España, el más famoso. En verdad, los dos, junto a José Antonio Rodríguez Vega (que mató a 16 ancianas en Santander en 1987 y 1988) conforman una auténtica tríada criminal imprescindible en cualquier archivo de Criminología.

1501Can Planes, en Sant Jordi

Can Planes, en Sant Jordi

Dos años antes de morir, Manuel Delgado Villegas obtiene la libertad al mismo tiempo que muchos otros enfermos mentales del país que fueron encerrados de forma indefinida; el Código Penal del 95 estableció que ningún enfermo mental que hubiera cometido un delito podía estar más de veinte años encerrado (no más de lo que hubieran estado en prisión de haber sido condenado por sus crímenes) y él ya lleva más de 25 en un psiquiátrico. Es trasladado a un sanatorio de Santa Coloma de Gramanet, sin barrotes y con un régimen abierto. Su degradado estado mental ya no permite mantener una conversación con él y ha dejado de interesar a la legión de psiquiatras, psicólogos, biólogos, médicos y criminólogos que han estudiado su caso durante años. Fuma continuamente -dice que si acalla las voces de su interior- y la tarde del 2 de febrero de 1998, con 55 años, muere en un hospital de Badalona de una afección pulmonar. Muchos de los crímenes que probablemente cometió siguen siendo casos sin resolver.
UN CRIMINAL FUERA DE SERIE
Manuel Delgado Villegas compartía con El estrangulador de Boston el conocido como síndrome de Jacobs, una alteración genética que consiste en tener un cromosoma Y de más y que la Criminología ha relacionado con la agresividad, el comportamiento antisocial y, por tanto, con cierta predisposición a la delincuencia. Después de que se descubriera que el Arropiero padecía esta anomalía, se difundió la teoría del cromosoma criminal para referirse a los XYY. Una peligrosa hipótesis que implicaría reconocer la posibilidad de que los doble Y no sean imputables porque no han podido elegir su destino, ya que una alteración genética les predispone al mal, y que supondría, por otro lado, estigmatizar a todo aquel que se descubra que tiene esta tara genética. Ya en los 60, y basándose en estudios que encontraron un elevado número de delincuentes XYY en las prisiones, y prácticamente todos violentos y con cierto retraso mental, se planteó la cuestión de la imputabilidad. De hecho, en esa década hubo algunos casos de criminales que se libraron de la cárcel por poseer esta alteración, aunque solía ir unida a otras deficiencias o trastornos; hay que tener en cuenta que estos individuos tienen una alta probabilidad de padecer problemas en el desarrollo y el aprendizaje. En la actualidad, la mayoría de los expertos consideran que una alteración genética no conduce irremediablemente a la violencia y a la delincuencia, aunque aún se debate su importancia como factor de riesgo de las conductas delincuenciales.
El caso de El Arropiero es paradigmático en muchos sentidos. Un caso de estudio. No sólo por su curiosa alteración genética sino también por ser un asesino en serie de lo más atípico, un criminal que sumaba toda una serie de trastornos mentales y carencias afectivas, necrófilo, disléxico y sociópata, y que nunca tuvo un patrón criminal definido, ni siquiera una victimología determinada. Al contrario que la mayor parte de los asesinos en serie, sobtre todo aquellos convertidos en iconos de la cultura popular, El arropiero era tan oportunista como asesino como lo era ejerciendo de ladrón; no atendía a un modus operandi, mató con armas diferentes, en lugares distintos, a hombres y a mujeres de muy diferentes perfiles y por múltiples motivos. Nadie hubiera relacionado los crímenes si él mismo no hubiera confesado.

Publicado en el dominical de Diario de Ibiza del 18 de junio:

http://www.diariodeibiza.es/pitiuses-balears/2017/06/24/50-anos-crimen-can-planes/924685.html

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YA ESTÁ A LA VENTA EL LIBRO ‘101 FLORES DE IBIZA Y FORMENTERA’

portada libro de floresEl libro ‘101 flores de Ibiza y Formentera’, de la periodista Cristina Amanda Tur (CAT) y el fotógrafo Joan Costa ya puede encontrarse en las librerías de las islas. Se trata de una selección de flores pitiusas fotografiadas con una técnica especial para mostrar todos sus detalles y acompañadas por textos, como fichas con las que conocer lo más interesante de cada especie.
En los siguientes párrafos, del prólogo del libro, los autores explica en qué consiste este trabajo y cuáles son sus intenciones:
“A pesar de su vistosidad y de su asombrosa complejidad, no siempre somos sensibles a los detalles de las flores y las vemos sin prestarles verdadera atención. Algunas son lo suficientemente grandes como para que, más allá del punto de vista de un insecto, incluso un ser humano pueda apreciar su belleza de inmediato. Es el caso de la amapola, roja e intensa, o de la delicada, arrugada y rosada flor de la estepa blanca. Pocos, sin embargo, podrían describir la pequeña flor de una planta tan común como el romero, a pesar de que se trata de una estructura reproductora de sutil belleza lila, con dos peculiares estambres largos y curvados como dos antenas de mariposa.
Las fotografías de esta selección están pensadas precisamente para detenerse en los detalles que a menudo pasan desapercibidos. Se han escogido algunas de las plantas más representativas de los campos, bosques, dunas y acantilados pitiusos; algunos endemismos, auténticos símbolos de los valores naturales de las islas y plantas capaces de sobrevivir en ambientes extremos, en la roca o azotadas por el viento del mar en la arena. Y cada una de sus piezas florales ha sido fotografiada con una técnica de apilado de imágenes que permite realizar una secuencia desde diferentes puntos de enfoque y que, finalmente, se une en una única foto cuya característica principal es que muestra la flor enfocada al milímetro. Y a cada flor acompaña un texto, unas líneas que constituyen una suerte de ficha de cada planta, con los datos que hemos considerado más oportunos para despertar en los lectores el interés por este mundo complejo y cercano que forma parte de nuestro patrimonio natural. En las Pitiüses se han descrito más de 800 especies vegetales y no es la intención de este libro ni enumerarlas todas ni determinar cuáles son las más importantes. No es el compendio de las principales plantas de las islas sino una selección de las flores que, por motivos diversos, hemos considerado más destacables. Y si bien el primer criterio es estético, destinado a dar prioridad a la belleza que intensifica el método fotográfico empleado, cierto es también que hemos procurado combinar este criterio con la elección de algunas flores representativas, otras muy populares y endemismos que vale la pena conocer.”

En el enlace hay un reportaje publicado en Diario de Ibiza sobre unas de las flores que pueden encontrarse en la selección del libro:

https://territorioibiza.wordpress.com/2017/04/16/una-orquidea-exclusiva/

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Invasión ‘okupa’

DSC_9833_1411Los casos de ‘okupación’ de viviendas que estáis conociendo en los últimos días no son casos aislados; el problema ha llegado a tal magnitud y estamos viviendo un asedio a tantos niveles que el asunto merece un análisis conjunto y la intervención contundente de las autoridades. De todas, desde el ayuntamiento más apartado hasta algunos despachos de Madrid, donde nos deben muchos guardias y muchos policías. Pero acabaremos el verano en estado de emergencia y a nuestros gobernantes sólo los veremos sonriendo con copas en la mano en los bares de moda. Como si no pasara nada. No sé a qué se dedican ni de qué hablan en esas juntas de seguridad que veis reunidas de vez en cuando en fotos en la prensa, lo que sí sé es que no vemos resultados, que no se está frenando la delincuencia. Qué no os engañe ninguna estadística. Vamos directos a otro verano de terror, pero no os preocupéis, que los consellers seguirán luciendo joyas en las fiestas de sus amigos, los mismos que, impunemente, joderán la vida a sus vecinos incumpliendo todas las normas sobre contaminación acústica.
Volviendo a la ocupación de viviendas, si bien es cierto que algunos ‘okupas’ son estafados con un alquiler falso (con un timo tan fácil de desmontar, en realidad, como el de la estampita), la mayoría son, sencillamente, temporeros delincuentes que creen tener derecho a venir a una isla saturada y coger sitio aunque sea a costa de las propiedades de los ibicencos, que al parecer hemos dejado de tener derechos. Al menos, nadie los defiende. Y, creedme, hay muchos ‘okupas’ de este tipo y, en estos momentos, y estamos en abril, cuadrillas de ellos buscan casas que no parezcan habitadas, en las que no haya movimiento alrededor. En algunos casos, para que estéis avisados, están usando lo que podríamos llamar el sistema del candado; observan que la casa no parece habitada y ponen un candado nuevo en la verja que les permitirá saber si la vivienda es visitada a menudo, ya que volverán al cabo de unos días a comprobar si ha sido retirado. Y entonces romperán el que había antes, forzarán la cerradura y entrarán ¿Os habéis encontrado algún candado en vuestra verja? En Sant Josep y en Santa Eulària algunos sí lo han encontrado.
Están ocupando incluso casas en obras y casas en reforma, y cuando os deis cuenta ya los tendréis dentro. Y ya sabéis que, si consiguen entrar, sacarlos es muy difícil y la mejor manera de hacerlo resulta que no es legal. Ni la Guardia Civil ni la Policía podrán hacer nada si no los pilláis a tiempo. Las Fuerzas de Seguridad ni siquiera tienen efectivos y ya no pueden ni con los asaltos en casas como ponerse con unas ‘okupaciones’ ante las que poco pueden hacer. Nos están obligando a defendernos solos. De hecho, es el consejo que, en confianza, dan algunos de estos agentes. A mí ya me han enseñado más de un truco por si entran en la vivienda y para sospechar de merodeadores; enterarme de todo lo que pasa me tiene tan a la defensiva que acabaré haciendo que el perro mate al cartero… Robos, ‘okupas’, alquileres demenciales, agresiones, asaltos como el del juez de paz, violaciones, tráfico de drogas, ruido, problemas de tráfico… ¿De verdad queda alguien que crea que todos los delitos y los graves problemas de convivencia que se registran en Eivissa son casos aislados? La mayoría, sed conscientes, no os enteráis de la mitad de lo que pasa en esta isla, por diversos motivos y porque también interesa ocultarlo un poco, en la medida de lo posible. Y no, no son casos aislados, son todos derivados de unos mismos orígenes y ya va siendo hora de que quienes gobiernan hagan un análisis de conjunto, a ver si son capaces, y reconozcan que estamos a un paso del estado de emergencia y que la necesidad de buscar soluciones de verdad es ya un clamor popular. Hay que frenar la destrucción. YA. Hay que hacerles saber que no los queremos de copas en locales sospechosos, ni alabando en ferias las bondades triviales de una isla que se cae a pedazos, sino atacando la verdad de frente y en juntas de seguridad en las que se traten los verdaderos problemas de la isla y se encuentren soluciones.

@territoriocat

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