El secreto de las marionetas: El crimen de Ingeborg más allá de la leyenda

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Ingeborg mostrandos sus marionetas

Cristina Amanda Tur
No hay crimen en Eivissa que haya alimentado leyendas y teorías conspirativas como lo ha hecho el brutal asesinato de Ingeborg Schaefer, golpeada con una máquina de escribir por unos asesinos que, antes de abandonar el lugar, aún se entretuvieron preparándose una tortilla. Se cumplen ahora 40 años del día en el que la viuda del pintor Frank el Punto era asesinada en Dalt Vila y aún hay quien alimenta el mito mientras se desdibuja la realidad. Criminales nazis, conspiraciones dentro de la comunidad alemana y supuestos rituales en el escenario del crimen que, sin embargo, no figuran en parte alguna del sumario, enturbian lo que en realidad es un crimen mucho más interesante por los datos de los que sí se disponen que por aquellos con los que la leyenda lo ha contaminado.
Y estos son los datos. Poco antes de las siete de la tarde del 28 de julio de 1977, la Policía informa al juzgado de que han encontrado el cadáver de una mujer con un gran golpe en la cabeza, en el número 8 de la calle de Santa María. La asesinada es Maria Elisabeth Ingeborg Schaefer, nacida en Leipzig el 13 de marzo de 1923, una mujer muy conocida en la ciudad, viuda del pintor Frank ‘el Punto’ y propietaria de un teatro de marionetas con representaciones todos los domingos y frecuentado por profesores y alumnos de muchos colegios de Eivissa. El médico forense señala que puede llevar 48 horas muerta. Tres días, tal vez. La última vez que la vieron fue en la tarde del día 25, cuando asistió a una fiesta en Sant Agustí con una treintena de amigos y compatriotas. Antes de medianoche, se marchó. Algunos amigos dicen que se iba nerviosa y asustada, aunque saben que tenía miedo a conducir después de la puesta del sol. Ninguno de sus amigos la volvió a ver. La han golpeado varias veces, aunque en el informe de la autopsia no se especifica cuántas, y presenta excoriaciones en un brazo; la han sujetado con fuerza. La puerta de la casa estaba abierta y sin señales de haber sido forzada.
DSC_6711_1551“En la almohada situada sobre la cama existe una gran mancha de sangre, así como en una bata situada junto a dicha almohada, y junto a la misma, en el suelo y en posición de decúbito prono, una mujer, con un camisón color claro, sin bragas y con una gran herida en la cabeza, la cual asía fuertemente un mantón negro, de lana, con el que cubría parte de la cabeza. No se observa riel de sangre entre la almohada y la cabeza de la interfecta”. Cerca del cadáver, a ochenta centímetros, hay un estuche de piel. En su interior, una máquina de escribir, papeles en blanco con la inscripción ‘El Punto’ y varios sobres. Un agente calcula que pesará unos cuatro kilos y se anota, igualmente, en el informe de la inspección ocular. En un canto de la funda hay una abolladura y una “gran mancha de sangre” con algunos cabellos adheridos. Es el arma del crimen. Aunque hay que añadir que la Policía también halló, en la ventana de la cocina, un candelabro con un soporte “en forma de herradura” que, a juzgar por la sangre y los pelos que aún conservaba, pudo también haber sido usado para golpear a la víctima, tal vez para infligirle las heridas que presentaba en una oreja. Quizás la golpearon dos personas distintas.
Por aquel entonces, Juan Antonio Villamor, que posteriormente será comisario de la Policía de Eivissa, es el jefe de la Brigada de Investigación Criminal. Recuerda que había demasiada gente en su escenario del crimen y que tiene que regañar a unos agentes que están fumando. Cuando todos se marchan, ya de noche, él se queda solo, durante más de una hora, esperando a los hombres que deben trasladar el cadáver al cementerio de Vila, donde se le practicará la autopsia. Sólo en el caserón, y si saber aún hacia dónde debe encaminar la investigación, recuerda, inquieto, la máxima criminológica que asegura que el asesino siempre regresa al lugar del crimen. Mientras recorría la casa ha visto el pequeño teatro de marionetas de Ingeborg; una sala con varios bancos de madera, unas cortinas rojas y varios muñecos a los que su dueña ya no volverá a insuflar vida. Hay un payaso, un príncipe y una niña del mar.

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entierro de Ingeborg

En la vivienda, Villamor y sus agentes no han encontrado señales de lucha. Sólo algunos cajones abiertos en la habitación de Ingeborg. En ellos hay dos relojes de pulsera y dos monedas de plata. En una mesa hay un monedero abierto y vacío y, al lado, una tercera moneda de plata, de cinco pesetas (en algunas páginas del sumario se asegura que es de 50). Pocos datos indican en ese momento que el crimen se haya producido durante un robo, aunque no se puede descartar que, tras golpear a la mujer, los asesinos hayan curioseado un poco. En total, en la casa hallan 1.800 marcos y mil pesetas que los delincuentes no se han llevado. Pero lo cierto es que falta dinero de la caja en la que ella solía guardar lo que recaudaba en el teatro de marionetas; calculan que podría haber 6.500 pesetas porque una amiga de la fallecida declarará que eso es lo que se recaudó en la representación del último domingo. Hay ropa de Ingeborg doblada sobre la cama y cinco pares de zapatos alineados bajo ella. La víctima ha caído sobre algunos de esos zapatos. En la cocina, hay un vaso con Coca-cola, una botella, restos de tortilla en una sartén, las cáscaras de cuatro huevos, once huevos en una bolsa, dos tazas de café sucias y la puerta de la nevera está entornada. También hay una radio conectada. La hipótesis que se afianzará sobre este detalle en concreto indica que los asesinos cenaron después de matar a la mujer. Ella jamás bebía Coca-Cola; la guardaba para sus invitados.
Villamor empieza a descartar móviles del crimen. Los agentes han recogido un montón de huellas en distintos lugares de la casa y a lo largo de los siguientes días aparecen nuevas opciones. Una de ellas apunta a los celos, a una posible relación lesbiana de Ingeborg con una vecina que vive con su pareja; varios testigos han visto asustada y agitada a una de las dos mujeres, que se emborrachó en El Corsario tras encontrarse el cadáver de Ingeborg, cuando se reunieron en ese hotel algunos amigos de la víctima. Pero ya entonces, mientras esta pista sigue abierta sin prosperar y los medios de comunicación especulan sobre el pasado nazi de algunos miembros de la comunidad alemana con la que Ingeborg y su marido (fallecido cinco años antes) se relacionaban, Villamor y los agentes de la brigada tienen otra idea en mente. La pista que consideran más sólida conduce hasta dos hermanos, también alemanes, que habían realizado algunos trabajos en casa de la víctima y que hacía escasos días habían sido despedidos por otra mujer alemana para la que hacían de jardineros y a la que habían amenazado con cortar el cuello. De hecho, ella lo había denunciado a la Guardia Civil de Santa Eulària, que les confiscó la documentación y les conminó a largarse de la isla en breve. Tres días antes de que mataran a Ingeborg, esta mujer encontró una carta de los hermanos en el parabrisas de su coche. En ella le pedían perdón, aunque le decían que no había estado bien que fuera a la Guardia Civil, y le pedían 7.000 pesetas para abandonar la isla. Ella fue, precisamente, quien presentó a Ingeborg a los dos hermanos.
El 31 de julio, dos inspectores entran en la casa en la que viven los dos sospechosos, en la carretera de Santa Eulària, y se incautan de un pasaje para abandonar la isla el 11 de agosto, de dos pares de botas con manchas rojo oscuro y de una carpeta con 35 folios y en la portada el título ‘Perverse dokumente verreichte prosa’. Estos ‘documentos perversos’ llamarán la atención de Villamor de una manera especial. Son siete cuentos con temas macabros, en los que se describen crímenes. Y en uno de ellos, la historia de una mujer a la que “se machaca con una máquina de escribir” y un personaje al que se refieren como “la cándida paloma de las marionetas” y “la paloma que va a ser sacrificada”. El jefe de la Brigada de Investigación Criminal de la Policía recordaba estas palabras de los relatos, que ya no se conservan en la carpeta del caso. “El crimen fue una cuestión mental. Así de simple. Describieron un asesinato y lo ejecutaron, igual que hacen ahora algunos con los juegos de rol. Lo escribieron, se obsesionaron con la idea y la llevaron a la práctica. Los autores fueron aquellos dos hermanos, que eran totalmente psicopáticos. Uno era el ejecutor y el otro debía ser el cerebro”. Así resumía el caso el policía muchos años después. Describía a uno de los hermanos como un personaje grandote, fuerte y algo simple, y al segundo como a un individuo delgado, delicado y dueño de “una inteligencia especial”. Rolf Wolgemuth, el mayor, el inteligente, es el dominante, el autor de los ‘documentos perversos’. Tiene 22 años cuando es detenido por el crimen de Ingeborg. Peter tiene 16. “Según informaciones practicadas al respecto, tienen fama de ser personas a las que se puede conceptuar como psicópatas sexuales”, escribía la Policía en un escrito al juez para informarle de las novedades y de los antecedentes por sustracciones y estafa que acababa de comunicar la Interpol.
DSC_0315parte de la declaración de uno de los sospechosos (del sumario)El 3 de agosto son detenidos, aunque ya habían sido interrogados anteriormente el 31 de julio, y los agentes apuran el tiempo de detención hasta las 72 horas, cuando el juez ordena su ingreso en prisión. El 26 de agosto, y mientras aún hay pruebas pendientes, quedan en libertad provisional. Pero nunca serán encausados. La Policía sólo tiene “datos sospechosos”, ninguna prueba, y el juez considera que los ‘documentos perversos’ no son suficientes para sustentar un caso. “Teníamos huellas suyas en la casa, claro, pero era normal que las encontraramos porque habían trabajado ahí”, explicaba el policía, ya retirado, recordando el crimen del año 77. En realidad, en los informes sobre los resultados de las muestras dactilares, las huellas de los hermanos no aparecen en los objetos clave para el crimen, como las armas del crimen.
Poco tiempo después de quedar en libertad, Rolf y Peter fueron acogidos por una mujer que se apiadó de ellos y los contrató para trabajar en su jardín. Un día apareció muerta en el fondo de un pozo y ellos se marcharon de la isla. El caso, de la Guardia Civil, se cerró como un suicidio y nunca fue relacionado con el crimen de Ingeborg. Villamor, sin embargo, no creía en las casualidades. Y en las calles y pueblos de la isla, una historia paralela ha tomado forma para convertirse en leyenda, como si Peter y Rolf no fueran sospechosos suficientemente apasionantes. Entre los amigos y conocidos de Ingeborg en Eivissa hay alemanes que sirvieron a su país, entre ellos aviadores de la Luftwaffe, quizás nazis que intentan ocultar su pasado en la isla y que podían temer que Ingeborg supusiera un peligro para su seguridad. Nada sustenta tales teorías. No aparecen en las diligencias del caso. Pero que el crimen haya quedado sin resolver sigue incitando teorías ajenas a la verdadera investigación.
En marzo de 1978, la Audiencia Provincial ordenó el archivo sin culpables de un sumario que, en realidad, se había incoado como tal el mes anterior, cuando el caso que había sido investigado como diligencias previas pasaba a ser el sumario por asesinato 26/1978. El crimen de Ingeborg sigue teniendo más preguntas que respuestas. De hecho, ni siquiera conocemos el día exacto de su muerte, probablemente el 26 o el 27 de julio. Fue vista por última vez el 25 en una fiesta y su cadáver se encontró en la tarde del 28. En la entrada de la casa, en el suelo, se encontró la prensa de los días 26, 27 y 28, que había sido introducida por el buzón de la puerta y que Ingeborg jamás pudo recoger.
DSC_6706_1550LA LLEGADA A EIVISSA DE LOS SCHAEFER
Ingeborg y Frank Schaefer se instalaron en Eivissa a mediados de los años 50. Frank era pintor y pronto cobró cierto reconocimiento entre la comunidad artística de la isla, donde adoptó el apodo de ‘El Punto’ tras una anécdota con los funcionarios de Correos; cuentan que, para evitar errores, decía a sus conocidos que cambiaran su segundo nombre, Ludwig, por una simple L., con lo que los empleados del servicio postal comenzaron a conocerlo como el señor Frank ‘Ele Punto’. En 1970, Frank estaba gravemente enfermo y, para entretenerlo y también para mantenerse ocupada, Ingeborg empezó a confeccionar sus marionetas. Con ellas montó su ‘teatro de muñecas’ en Dalt Vila, inaugurado el 22 de mayo de 1970. Dos años después, el 7 de febrero de 1972, Frank moría a los 63 años y ella convertía su pequeña vía de escape en un pequeño negocio. El apellido de la pareja se ha normalizado hoy escrito Schaefer, pero lo cierto es que en la mayoría de las páginas de las diligencias del caso, aparece escrito sin la primera ‘e’, alguna vez sin la ‘c’, y a veces con dos ‘f’, incluso en los documentos en los que los agentes copiaron los datos directamente del pasaporte hallado en la casa del crimen. Pudo ser un error menor o tal vez el apellido varió y éste sea un enigma más de la historia de Ingeborg y Frank, la dama de las marionetas y el pintor que abandonó en Eivissa la figuración por el arte abstracto.

Publicado en el dominical de Diario de Ibiza:

http://www.diariodeibiza.es/pitiuses-balears/2017/07/29/40-anos-crimen-marionetas-cometido/931649.html

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En periodismo, he pasado de la sección de sucesos (sin abandonarla completamente) a realizar un periodismo divulgaltivo, de temas científicos y sobre el patrimonio natural, histórico, arqueológico y cultural de las islas, con especial atención a la divulgación del patrimonio marino. Éste es un trabajo que realizo a menudo con la colaboración del fotógrafo Joan Costa, con quien, en abril de 2017, he publicado el libro '101 flores de Ibiza y Formentera'. He publicado una decena de libros. Entre ellos 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín.
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