El cadáver de la vieja fábrica. De ‘La balada de Johnny Cash’

El siguiente texto es un fragmento del capítulo 23 de la novela ‘La balada de Johnny Cash’. Si la foto de estos chicos os dice algo, esta novela es para vosotros…

De repente, no me sentí seguro en aquel lugar abandonado, como si ya supiera que aquel no era un muerto lo que se dice muy natural y como si quien hubiera hecho que fuera así pudiera encontrarse aún acechando detrás de algún muro o de alguna de las máquinas oxidadas que nadie se había llevado al echar el cierre de la fábrica. Sé que es una estupidez. Es irracional. Si la muerte era un homicidio, tal y como resultó ser, era seguro que el homicida no se había quedado por los alrededores esperando a ver a quién le tocaba el honor de encontrar a la víctima… Pero estas cosas son así; uno siente ese temor irracional cuando encuentra un cadáver. Si alguna vez habéis encontrado uno, me entenderéis. 

Allí se acabó nuestra excursión. Y nuestras ganas de seguir trasteando en la vieja fábrica.

–¿Qué hacemos? –Webb, al parecer, sólo tenía preguntas aquel día.  

–Volvamos al pueblo. Tenemos que avisar al sheriff… –contesté. Era la única opción posible, desde luego.

–Alguien debería quedarse aquí vigilando.

–¿Vigilando qué? –le espetó Roy, irritado– ¿que el cadáver no se escape?… Debe llevar años aquí sin que nadie lo haya visto y ahora resultará que tenemos que montar guardia junto a él para que no se vaya… o no lo roben, ¿cómo se te ocurren esas tonterías que dices, Webb?

–No sé. Era una sugerencia –el interpelado ya no sabía qué replicar. Lo cierto es que todos andábamos algo nerviosos. Y eso que no era el primer cuerpo muerto que veíamos. Aunque ese cuerpo, unos restos momificados por el viento caliente y constante de la llanura, era probablemente muy diferente a cuantos pudiéramos haber visto cada uno de nosotros. Al menos yo, que había visto el cadáver del preso fugado en la orilla del río.

Era un chico, parecía menudo, y llevaba un jersey rojo y unos vaqueros. Permanecía oculto bajo las ramas de unos arbustos y sobre una tierra reseca como arena del desierto.

Cuando logramos calmarnos un poco y dejar de discutir, nos acercamos algo más. El chico no estaba enfermo, el chico no estaba durmiendo; el chico estaba muerto.

–¿Cuánto tiempo llevará ahí?

–Ni idea. ¿Quién será?

–Volvamos al pueblo.

–¿Llevará ahí más de un año?, ¿Cómo no lo vimos el año pasado cuando estuvimos en la fábrica? Estuvimos en la alberca… –Roy solía plantear las preguntas más lógicas sobre los acontecimientos recientes de nuestra vida, más que las de Webb o que las mías, ya que a nosotros nos costaba unos minutos más recobrar la compostura para poder pensar. No siempre teníamos respuestas. Lo cierto es que no recordaba haber estado en aquella zona, entre la alberca y el río, la otra vez.

Pocas horas más tarde, temiendo que la noche llegara antes de tiempo y oscureciera la escena, ya macabra sin ambientación nocturna, los tres regresábamos al lugar con el sheriff y con el flaco Sean, que iba en el coche limpiando la cámara de fotos, colocando carretes y no sé qué más. Siempre andaba trasteando con aquella cámara. Seguro que estaba contentísimo de tener una nueva ocasión para usarla y mostrar a todos sus dotes de fotógrafo.

–¿Quién será el muerto? –preguntaba Webb por enésima vez.

–Ya veremos –le contestó el sheriff, también por enésima vez.

Y al ver aquel jersey rojo, el sheriff lo supo. Llevaba cuatro años esperando algo como aquello. El cadáver, los restos, era el de aquel chico negro desaparecido por las fechas en las que Oswald mató a Kennedy. Su familia se marchó del pueblo no mucho después. Allí estaba la respuesta a uno de los misterios más recurrentes de una comunidad que, aunque pequeña, lejana y aburrida no adolecía de algún que otro misterio.

El sheriff Wayne, muy despacio y con las manos en los flancos, dio un par de vueltas al cadáver y echó un vistazo a su alrededor como si estuviera olfateando el ambiente. Y sólo tras esa primera inspección general del escenario se acuclilló junto al cuerpo para observarlo más de cerca. Sean hacía fotos como si Kodak le regalara los carretes. 

Por un momento, temí que fuéramos a llevarnos el cadáver en el maletero, pero no fue así. No se lo llevaron de allí hasta el día siguiente. Y nosotros ya no fuimos testigos de ello.

–Si ha esperado cuatro años, puede esperar un día más –sentenció el sheriff.

Aquel ya era, oficialmente, un verano con demasiados muertos.

La novela puede adquirirse en estos enlaces y en distintas librerías del país:

https://www.casadellibro.com/libro-la-balada-de-johnny-cash/9788412013436/9609566

y podéis saber algo más de ella aquí:

https://territoriocat.wordpress.com/2019/05/17/la-balada-de-johnny-cash/

Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En periodismo, he pasado de la sección de sucesos (sin abandonarla completamente) a realizar un periodismo divulgaltivo, de temas científicos y sobre el patrimonio natural, histórico, arqueológico y cultural de las islas, con especial atención a la divulgación del patrimonio natural. He publicado una decena de libros. Entre ellos 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín.
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