Hola, nena, ¿estás sola?

DSC_0337_1653Ocho de la mañana en sa Sal Rossa. Un día cualquiera. Acaba de amanecer. Estoy concentrada persiguiendo con el teleobjetivo a una garza que está pescando. De pronto, detrás de mí, una voz ha surgido desde las casetas varadero. Me saluda y se acerca. Dejo, fastidiada y ya en tensión, lo que estoy haciendo y me doy la vuelta. Un individuo atildado, con gafas de sol y cazadora al brazo, muy sonriente, me pregunta cómo se llama en español el ‘pájaro’ que estoy fotografiando. Mientras se acerca, mi mano izquierda aferra en el bolsillo de mi cazadora algo que siempre llevo encima cuando voy a hacer fotos sola. Es ilegal, así que no os lo cuento. Él Intenta decir ‘garza’ pero sólo sabe pronunciar ‘garfa’. Yo no sonrío y le hago ver que no busco conversación y que me está incomodando. Y haciéndome perder el tiempo, además. Por fin se larga, puedo sacar la mano del bolsillo y seguir con lo mío. Al menos no ha asustado a la garza.
Ocho y media de la mañana. Otro día cualquiera. Cerca de ses Salines. Estoy junto a la carretera, fotografiando unos árboles entre la niebla, y un tipo detiene su coche gris para acercarse a mí. También sonríe mucho. Son todos tan simpáticos y encantadores… Me suelta una frase típica, adjetivándome, de esas que todos los imbéciles creen que todas las mujeres queremos oír. Le contesto con aspereza y se larga. Encima resulta que soy una maleducada; o sea, él se ha acercado a una mujer desconocida a las ocho y media de la mañana en un lugar solitario, pero la que no tiene educación resulta que soy yo. Manda huevos… Y así, con ejemplos similares, podría escribiros un libro. ¿Os ha pasado nunca? A los hombres no, claro que no. Sólo lo pregunto a las mujeres, a todas esas maleducadas que contestan mal a los tipos que las molestan y las hacen sentirse amenazadas.
Es bastante habitual que vaya sola a hacer fotos. De noche, al amanecer, da igual la hora, y los lugares pueden ser solitarios o no. Y voy a menudo sola por varias razones. Porque no siempre dispongo de alguien que no tenga cosas que hacer cuando yo quiero ir a hacer fotos, porque me gusta moverme a mi aire y no estar pendiente de que hago esperar a otra persona si decido tirarme una hora vigilando una garza, porque no quiero tener que depender siempre de alguien, porque a veces improviso y porque a menudo esto que hago es trabajo y tengo que poder hacer mi trabajo sin arrastrar a nadie a él…
¿Ir a hacer fotos en plena noche al quinto cuerno? Uf. Hay que pensárselo. Mis amigas me dicen que no lo haga. Alguna vez, al hacerlo, he avisado a algún guardia civil o policía amigo mío para que supiera dónde estoy, incluso por si tenía a alguien de patrulla que pudiera pasar por ahí a verme… ¿No os parece asqueroso tener que vivir así?
Y luego está la convicción de que si me pasa algo, para esta sociedad hipócrita, retrógrada, inculta y malsana me lo habré buscado, porque qué demonios hago yo sola por esos mundos de dios a esas horas. Y quéjate, nena, que luego, además de ser una maleducada que contesta mal a un simpático que se acerca a saludar, serás una feminazi. Una exagerada. Pero quien nunca, ante una presencia desconocida en una calle oscura, ha agarrado en el bolsillo las llaves pensando en si será capaz de clavarlas como le han enseñado no puede entenderme. Quien no ha dado alguna vez la vuelta a la manzana para evitar que un tipo, uno que quizás ya has visto antes siguiéndote, sepa dónde vives o cuál es tu párking no puede entenderme. Quien pueda hacer su trabajo sin llevar en el coche varios tipos de objetos que podrían ser armas no puede comprenderlo.
Creerán entenderlo, claro. Pero resulta que los que se acercan a molestar a una desconocida son los mismos que te entienden; los mismos que cuelgan en facebook su indignación por el proceso al juicio de la manada son los mismos que nos cosifican en aras del arte y de cualquier otra estupidez. No hay distintos tipos de machismo, sólo hay grados. El machismo que nos mata es el mismo que nos convierte en objetos y el mismo que nos amenaza, de repente, abordándonos a las ocho de la mañana en unas casetas de pescadores. Y yo a estas alturas no veo que avancemos ni creo que me entiendan, porque estamos en 2017 y, si quiero hacer mi trabajo sin sentirme amenazada cada dos por tres, resulta que tengo que buscarme guardaspaldas. Resulta que no puedo hacer las cosas yo sola… Y ahora llamadme feminazi. O femininazi, porque el grandísimo idiota que se inventó el vocablo no tiene ni idea de crear palabras y, de feminista, lo suyo y lo que mejor se adapta como neologismo hubiera sido femininazi… Buenas noches. Me voy a hacer fotos. Armada, claro.

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En periodismo, he pasado de la sección de sucesos (sin abandonarla completamente) a realizar un periodismo divulgaltivo, de temas científicos y sobre el patrimonio natural, histórico, arqueológico y cultural de las islas, con especial atención a la divulgación del patrimonio natural. He publicado una decena de libros. Entre ellos 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín.
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