La muerte errante en Can Planes

DSC_0585Salvador Ortega señalando el tejado, por el que Jules y Margaret entraron en la casa

uno de los policías del caso señalando el lugar por el que los dos jóvenes accedieron a Can Planes

Cristina Amanda Tur (CAT).- El crimen fue en Can Planes. Era el 19 de junio de 1967 y el agente federal Robert Ressler aún no había acuñado la expresión ‘asesino en serie’. Ese día, sin embargo, el criminal serial que llegaría a ser el más singular y estudiado de cuantos nutren la extensa lista de asesinos españoles estaba en Eivissa, donde cometería un crimen que, de no ser por su eminente autor, hoy pocos recordarían. Es más, la muerte de su víctima ni siquiera sería considerada un asesinato. El caso sólo se reabrió y cobró relevancia cuando, tres años y medio después, el prolífico homicida fue interrogado en Cádiz por la desaparición de su novia. Y entonces, para pasmo de los investigadores, se proclamó como “el asesino más importante de España” y empezó a relatar crímenes hasta sumar 48.
Aquella noche, hace 50 años, el norteamericano Jules Morton y la francesa Margaret Helene Boudrie llegaron a Can Planes, una casa de campo en Sant Jordi que entonces estaba desocupada y que Jules ya conocía, desataron una cuerda del pozo y la usaron para descender por una claraboya. Habían estado de fiesta en el Lola’s, se habían tomado unas dosis de LSD y habían decidido continuar la noche a solas, con una guitarra y algo más de droga. Se acomodaron en una de las habitaciones, fumaron unos porros y charlaron y tontearon hasta que se quedaron dormidos. De madrugada, Jules despertó, le pareció oír ruidos en el exterior de la vivienda y pensó que era hora de regresar a su apartamento. Al salir por la puerta cometió uno de esos pequeños errores que, a menudo, cambian la historia; el norteamericano dejó la puerta abierta y, minutos después, la muerte personificada en un hombre con bigote, muy parecido al actor mexicano Cantinflas pero con menos jovialidad, entraba por ella para llevarse a Margaret.

- Manuel Delgado Villegas

Manuel DElgado Villegas

El hombre con bigote es Manuel Delgado Villegas, más conocido como ‘El arropiero’ porque de jovencito ayudaba a su padre a vender, por las calles de Sevilla, un dulce de frutas al que llaman arrope. Manuel es un vagabundo. Merodea por la zona buscando una casa en la que sea fácil entrar y robar algo. Se asoma a una ventana y ve a Jules y a Margaret en la habitación. Y ya seguía su camino cuando, oculto en la oscuridad, ve a Jules salir de la casa dejando tras de sí una puerta abierta y una víctima indefensa. Manuel se cuela en el interior, encuentra a la mujer dormida, la despierta, forcejea con ella, la viola, la asfixia con una almohada tras producirle diversas heridas con un estilete y abandona el lugar llevándose 8.000 pesetas, una cadena de oro y varios billetes de 100 francos. Y se marcha del lugar y de la isla para no regresar hasta cinco años después, esposado y para reconstruir el crimen. Pero esa noche, la historia aún no había encadenado todas sus casualidades porque, mientras Margaret moría, Jules había llegado a su casa para darse cuenta de que había olvidado su pasaporte en Can Planes, así que regresó y encontró sobre la cama el cadáver de su nueva amiga francesa. Y entonces cometió una nueva serie de errores significativos, porque huyó del lugar y, al día siguiente, negó saber nada del asunto al ser interrogado por la Guardia Civil y mintió a su esposa. Demasiadas personas, sin embargo, habían visto a Margaret y Jules aquella noche, incluyendo al taxista que los llevó a Sant Jordi y que se acordaba bien del “melenudo” y su guitarra. Todo apuntaba hacia él y la explicación más simple es la más probable; echar la culpa a un trotamundos oportunista que pasaba por allí y aprovechó una puerta abierta resultaba menos factible.

Juicio a un inocente

IMG_7422noticia del 16 de septiembre de 1977

de la edición de Diario de Ibiza del 16 de septiembre de 1977

Jules Morton, un estudiante de último curso de Medicina y de 30 años de edad, pasó casi un año en prisión preventiva. Hasta junio de 1968, cuando la Audiencia Provincial de Palma lo absolvió de un delito de homicidio en un juicio del que los medios de las islas apenas se ocuparon. Diario de Ibiza publicó una breve nota, el 2 de julio, en la que informaba de la absolución y en la que ni siquiera se citaba a la víctima del crimen. A decir verdad, en esos momentos Margaret Boudrie ya ni siquiera era la víctima de un homicidio. En el juicio no pudo aclararse que el caso se tratara de una muerte violenta porque las pequeñas heridas de la espalda no eran mortales y los médicos forenses fueron incapaces de determinar que hubiera muerto asfixiada con una almohada, así que se optó por una solución fácil y poco comprometedora; Margaret, a punto de cumplir 21 años, había sufrido una parada respiratoria a consecuencia de la elevada cantidad de droga consumida. Muchos en la isla atribuyeron el cambio en la causa del fallecimiento a la intervención de la influyente familia del acusado.
Y este caso habría quedado así zanjado si, tres años y medio después, en Cádiz, El Arropiero no hubiera sido detenido y no hubiera empezado a confesar, uno detrás de otro, crímenes cometidos de una punta a otra de España, e incluso alguno más allá de sus fronteras. Nadie se acordaría de Margaret ni de Can Planes si Manuel no hubiera contado que la francesa fue una de sus más de 40 víctimas. “No tuve más remedio que ahogarla con la almohada. Y me parece que le clavé una navajilla muy fina que había allí cerca… Se la clavé por la espalda y luego lavé el cadáver por si tenía mis huellas”, relató el criminal.

DSC_0629la habitación en la que se cometió el crimen

La habitación del crimen

Más de cuatro años después del crimen, la comitiva policial que, sumario en mano, recorría España intentando comprobar los asesinatos confesados por El Arropiero aterrizó en Eivissa. El entonces inspector de policía Salvador Ortega recuerda cómo los grilletes le ponían nervioso e intentaban llevarlo esposado el menor tiempo posible para que colaborara. Manuel Delgado Villegas se acordaba perfectamente de Can Planes. El policía asegura que tenía una memoria prodigiosa. Recorrió el escenario del crimen explicando todos los detalles que habían cambiado. Afirmó que habían reemplazado el colchón. Y era cierto, la dueña de la casa los condujo hasta un trastero y allí Manuel identificó el colchón y la funda que aún habían conservado; tenía otro dibujo y un siete en forma de cruz que él había hecho con la navaja.
Manuel ingresó en La Modelo y allí se olvidaron de él durante años. En el trayecto del Puerto de Santa María a Madrid, a la Audiencia Nacional, concretamente, el sumario se perdió y los muchos crímenes que dijo haber cometido jamás fueron investigados. Los policías intentaron comprobar 22 de ellos y finalmente sólo siete sumarios se cerraron. El crimen de Margaret Boudrie fue su segunda muerte comprobada. Y un buen día del año 1977, el fiscal Alejandro del Toro descubrió, estupefacto, que un preso de La Modelo llevaba seis años sin juicio y sin abogado, así que buscó a un letrado amigo suyo, Juan Antonio Roqueta, para intentar enmendar el error en la medida de lo posible. Delgado Villegas, finalmente, nunca llegó a juicio. Nueve médicos dictaminaron que en su estado mental era innecesario enfrentarlo a un tribunal y la Audiencia ordenó su ingreso indefinido en un centro penitenciario psiquiátrico de Madrid, una solución sencilla y rápida para una Justicia que había perdido un sumario y olvidado a un preso asesino en serie en una celda de La Modelo.
En 1988, el Arropiero es trasladado al psiquiátrico de Foncalent, donde coincide con otro conocido criminal en serie, Francisco García Escalero, el mendigo que en 1994 se confesó autor de once asesinatos, y ambos discutirán y competirán en el patio del centro por ser el mayor criminal de la historia de España, el más famoso. En verdad, los dos, junto a José Antonio Rodríguez Vega (que mató a 16 ancianas en Santander en 1987 y 1988) conforman una auténtica tríada criminal imprescindible en cualquier archivo de Criminología.

1501Can Planes, en Sant Jordi

Can Planes, en Sant Jordi

Dos años antes de morir, Manuel Delgado Villegas obtiene la libertad al mismo tiempo que muchos otros enfermos mentales del país que fueron encerrados de forma indefinida; el Código Penal del 95 estableció que ningún enfermo mental que hubiera cometido un delito podía estar más de veinte años encerrado (no más de lo que hubieran estado en prisión de haber sido condenado por sus crímenes) y él ya lleva más de 25 en un psiquiátrico. Es trasladado a un sanatorio de Santa Coloma de Gramanet, sin barrotes y con un régimen abierto. Su degradado estado mental ya no permite mantener una conversación con él y ha dejado de interesar a la legión de psiquiatras, psicólogos, biólogos, médicos y criminólogos que han estudiado su caso durante años. Fuma continuamente -dice que si acalla las voces de su interior- y la tarde del 2 de febrero de 1998, con 55 años, muere en un hospital de Badalona de una afección pulmonar. Muchos de los crímenes que probablemente cometió siguen siendo casos sin resolver.
UN CRIMINAL FUERA DE SERIE
Manuel Delgado Villegas compartía con El estrangulador de Boston el conocido como síndrome de Jacobs, una alteración genética que consiste en tener un cromosoma Y de más y que la Criminología ha relacionado con la agresividad, el comportamiento antisocial y, por tanto, con cierta predisposición a la delincuencia. Después de que se descubriera que el Arropiero padecía esta anomalía, se difundió la teoría del cromosoma criminal para referirse a los XYY. Una peligrosa hipótesis que implicaría reconocer la posibilidad de que los doble Y no sean imputables porque no han podido elegir su destino, ya que una alteración genética les predispone al mal, y que supondría, por otro lado, estigmatizar a todo aquel que se descubra que tiene esta tara genética. Ya en los 60, y basándose en estudios que encontraron un elevado número de delincuentes XYY en las prisiones, y prácticamente todos violentos y con cierto retraso mental, se planteó la cuestión de la imputabilidad. De hecho, en esa década hubo algunos casos de criminales que se libraron de la cárcel por poseer esta alteración, aunque solía ir unida a otras deficiencias o trastornos; hay que tener en cuenta que estos individuos tienen una alta probabilidad de padecer problemas en el desarrollo y el aprendizaje. En la actualidad, la mayoría de los expertos consideran que una alteración genética no conduce irremediablemente a la violencia y a la delincuencia, aunque aún se debate su importancia como factor de riesgo de las conductas delincuenciales.
El caso de El Arropiero es paradigmático en muchos sentidos. Un caso de estudio. No sólo por su curiosa alteración genética sino también por ser un asesino en serie de lo más atípico, un criminal que sumaba toda una serie de trastornos mentales y carencias afectivas, necrófilo, disléxico y sociópata, y que nunca tuvo un patrón criminal definido, ni siquiera una victimología determinada. Al contrario que la mayor parte de los asesinos en serie, sobtre todo aquellos convertidos en iconos de la cultura popular, El arropiero era tan oportunista como asesino como lo era ejerciendo de ladrón; no atendía a un modus operandi, mató con armas diferentes, en lugares distintos, a hombres y a mujeres de muy diferentes perfiles y por múltiples motivos. Nadie hubiera relacionado los crímenes si él mismo no hubiera confesado.

Publicado en el dominical de Diario de Ibiza del 18 de junio:

http://www.diariodeibiza.es/pitiuses-balears/2017/06/24/50-anos-crimen-can-planes/924685.html

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En periodismo, he pasado de la sección de sucesos (sin abandonarla completamente) a realizar un periodismo divulgaltivo, de temas científicos y sobre el patrimonio natural, histórico, arqueológico y cultural de las islas, con especial atención a la divulgación del patrimonio marino. Éste es un trabajo que realizo, principalmente, con la colaboración del fotógrafo Joan Costa, con quien, en abril de 2017, he publicado el libro '101 flores de Ibiza y Formentera'. He publicado una decena de libros. Entre ellos 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín.
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