Mercenarios del periodismo

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Restos de imprenta de un periódico desaparecido

Qué pena me dan esos periodistas, redactores, juntaletras, articulistas, tertulianos y locutores a los que, dada su mediocridad, no les queda más remedio que trabajar al dictado de las mafias o de los lobbies de poder que les pagan, que viene a ser lo mismo que una mafia. A veces me cabrean, es verdad, por el daño que hacen a una profesión que siempre anda en la cuerda floja e intentando resurgir de sus cenizas entre tantos intereses, dinero sucio y conciencias en venta a precio de saldo. Me disgustan, sí, pero su patética existencia también me produce algo entre vergüenza ajena y compasión; entiendo que debe ser jodido que tus propias limitaciones te conviertan en una marioneta y te obliguen a depender de a quién le besas los pies.
A menudo criticamos a los políticos y empresarios depredadores que se están cargando las islas por unos billetes más en los bolsillos, sacrificando nuestro bienestar, nuestra convivencia y un futuro sostenible, que debería ser, sin duda, el bien común, pero nos olvidamos de que existen porque también existe toda una corte de lacayos que los apoya y a veces intenta medrar con ellos. Y esos periodistas forman parte de esa cohorte servil que todo poder lleva alrededor de sus talones cuando camina. Lacayos, esbirros, sirvientes, los contables de los negocios sospechosos, los que finalmente son detenidos con sus jefes cuando Hacienda y la Policía deciden por fin investigar sus cuentas. Son los secretarios de ciertos poderosos, los que barren el suelo que pisan esperando que les echen una limosna pringosa, los inviten a copas envenenadas en sus locales o en un futuro compren por ellos a algún politico de ayuntamiento para que les permita convertir su corral en casita.
Los periodistas, definitivamente, son los peores de esta variada cohorte de helmintos, porque se aprovechan de forma bastarda de derechos tan valiosos en nuestra sociedad como la libertad de prensa y la libertad de expresión. Usan, de facto, esos derechos en contra de los principios por los que fueron creados y protegidos, y pocas cosas hay más abyectas que el periodista que corrompe y degrada una profesión por la que, por defenderla y dignificarla, otros se parten los cuernos o acaban muertos o en cárceles a lo largo del planeta.
Y, entendámonos, hablo de un tipo de periodismo que va mucho más allá de una línea editorial distinta o de poder manifestar una opinión diferente. Una cosa es la opinión, la crítica argumentada, y otra el ataque gratuito, simplemente ruin, pueril e injusto bajo el escudo de una libertad de expresión mal entendida o mal empleada. Y todos sabríais ponerme algún ejemplo de ello, estoy segura. Son, todos lo sabemos, esos redactores que salen de sus madrigueras para escribir con su bilis en contra de toda iniciativa que intente poner freno a las injusticias, a las corrupciones, las tropelías o barbaridades que a diario se cometen en estas islas que algunos pretenden seguir vendiendo a cachos. Hablo de esos juntaletras, qué pena me dan, a los que molestan por sistema los ecologistas, como si serlo no fuera una cualidad que todos deberíamos tener, o que se apresuran a clasificar entre sus enemigos a una agrupación de ciudadanos que dice PROU o basta a la masificación y los excesos. Me refiero a esos que sienten amenazada su rastrera forma de vida y usan los medios para mostrar a los amos su fidelidad bastarda a la causa de la desinformación y la manipulación. Insisto, no es lo mismo opinar ni informar que aprovecharse de cualquier espacio en los medios para difamar, insultar y falsear los hechos y la realidad.
y es que, encima, por lo que sé de los sueldos del sector, esos periodistas, o cómo queráis llamarlos, venden la integridad, el alma, y de paso al periodismo, por auténticas miserias. Ellos son los que ven pasar el dinero sucio que ganan quienes destruyen la calidad de vida de las islas, el dinero de los que sacrifican el patrimonio natural y cultural de Ibiza y Formentera por llenarse los bolsillos. Y todo corrupto, todo depredador y todo especulador que se precie debe rodearse de lacayos y contar periodistas o escritorzuelos entre ellos, de esos que usen sin escrúpulos la libertad de prensa, de los que, aún ardiendo en el infierno y en despachos forrados de rojo sean capaces de loar las excelencias del clima. Como si las habichuelas les fueran en ello. Y espero, al menos, que para algunos así sea.

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En 2014 se publicó 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', un libro dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín. Y en 2016 se edita el libro 'Sa Penya blues. El crimen del minusválido', en el que el asesinato de un paralítico sirve de pretexto para adentrarse en el submundo de las drogas en el barrio de sa Penya.
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2 respuestas a Mercenarios del periodismo

  1. Si en el inicio cambiamos periodista por perito (médico en mi caso) tenemos la descripción de muchos de mis colegas.

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