Cae la noche en sa Penya

sa penya nocturnaNo todos los gatos son pardos en la oscuridad. Pero deben creerlo así los drogadictos que aprovechan las primeras horas de la noche para adentrarse en sa Penya y llamar a la puerta de sus distribuidores. Abierto las 24 horas.
Quizás la heroína no sea ya la reina canalla que se llevaba a pandillas enteras por delante, pero los clanes gitanos del barrio mantienen el mercado. No sólo han diversificado la oferta con cocaína e incluso drogas de diseño, sino que la heroína, que ahora preferentemente se esnifa o se fuma, vuelve a tener demanda.
Anochece. En la entrada del barrio, antes de introducirse en los dominios de la droga, un coche de la Policía Local se erige en distintivo de orden, aunque no muy lejos de él dos hombres merodean en las esquinas permitiendo que intuyamos su condición de camellos en busca de clientela; son los sherpas de los clanes, los que conducen al interior del laberinto a aquellos que aún no dominan su callejero. En la calle de la Virgen, es carrer de sa Mare de Déu, la fachada remozada del barrio, cierran los últimos bares. Pero sa Penya, la oscura, empieza en verdad detrás de ese escenario turísticamente explotado.
Por las escaleras que conducen a es Carrer Fosc me adentro en la telaraña de la gran Viuda Negra, la que mata a todos sus amantes. Todos los callejones están más o menos iluminados y me recibe un gato atigrado que busca caricias y al que acaba de gritar un chico cadavérico que va hablando solo y que se pierde por unos escalones oscuros. El chico es un yonqui. Seguro.
Se oyen niños que lloran, música y televisiones encendidas, aunque en la mayoría de esas casas, teóricamente, no hay electricidad. La roban del alumbrado público o de la red general de GESA, trenzando cables con maestría. Unos niños regresan a lo que llaman hogar y uno de ellos, de unos diez años, me mira inquisitivamente. Debe pensar que me he perdido, así que yo, para no contrariarle, le pregunto por la calle Floridablanca. La niña mayor del grupo me dice que no sabe dónde está, pero el niño más curioso, cuando ya me alejo, me dice “amiga, esa calle que tú dices está…” y me ofrece más de un minuto de indicaciones imposibles y yo le doy las buenas noches.
Subo hacia el corazón del barrio, hacia el Carrer Alt, y por el camino me cruzo con un hombre alto y con ropa holgada y oscura que me mira de reojo. Esta noche no tardaré en aprender que los que me observan de soslayo o evitan mirarme son quienes están en el barrio de paso. Una visita rápida. Unos gramos. Los que me miran con descaro y me observan analizando mi aspecto son los residentes. Uno de estos últimos parece interesarse tanto que, en su observación, y después de contemplar mi cámara fotográfica, fija la mirada en la prominencia de algo que llevo debajo de la camiseta, sujeto en un costado de la cinturilla del vaquero, y quizás se le pasa por la cabeza que pueda ir armada. Es el teléfono móvil y su funda, claro, jamás llevaría ahí la pistola.
DSC_0055En el inicio del Carrer Alt me sale al paso un chihuahua gordo que se dirige a un montón de desperdicios. Curiosamente, siempre que subo a sa Penya veo chihuahuas nuevos. Las puertas de las casas están abiertas, hay bolsas de basura frente a algunas de ellas, ropa tendida por todos lados y algunos vecinos fuman junto a las puertas de las viviendas. Aquí sigue habiendo luz en casi todas las casas. Escucho música, palmas y risas en la calle de abajo, en la Calle Retiro. Unos chicos juegan con tres niños que bailan en el centro hasta que van a buscarlos para que se acuesten. Al ver la cámara, el mayor de los congregados –moreno, de grandes rizos negros– se esconde; los demás se dejan fotografiar.
Este callejón debe ser el más sucio y oscuro del barrio. Aunque parece haber seria competencia por ganar la escoba de oro. Más adelante, una mujer con moño, que me ha oído hablar con los chicos, sale de su casa. Ha estado un rato observando, escondida tras una cortina, y está azuzando a un perro de medio metro con pocas ganas de portarse mal conmigo. Ella anda detrás de mí, con los brazos cruzados y refunfuñando. No puedo escucharla, pero es evidente que no le gusto. Me sigue hasta que llego a la zona más iluminada de un cruce de calles. Como si me hubiera escoltado hasta la frontera y ahora ya fuera asunto de otros, la del moño desaparece por donde ha llegado.
En el cruce, otro chico observa mi cámara de fotos y parece que no termina de atar cabos, así que decide preguntar.
–¿Eres policía?
Y no sé qué es peor, decirle que soy de la madera o confesar que soy periodista. Está claro que aquí les gusta saber quién entra y quién sale, y que no están acostumbrados a turistas. Una mujer anciana que avanza delante de mí, al notar un flash de la cámara se da la vuelta para decirme que no le haga fotos. En ese momento se ha formado ya un pequeño corrillo de curiosos en el Carrer Alt. Ir en cuadrilla les aporta el valor para acercarse más a mí e intentar averiguar qué se me ha perdido por el barrio. Otra mujer, ésta más joven, me dice que no saque fotos a su puerta. Le pregunto por qué, pero no contesta, claro.
Entonces, un chico con el pelo muy largo, un pañuelo en la cabeza y unos billetes en la mano, incluidos dólares, se acerca a hablar conmigo. Le parece bien que le saque una foto. De hecho, le parece tan bien que quiere peinarse para que le haga alguna más y tengo que acompañarle al lugar donde vive, una habitación llena de trastos, con luz040299x69 copia, un espejo con un rosario y un cazador de sueños nada más entrar. Curiosa simbiosis entre la fe católica y la versión progre de la hechicería indígena americana. Me enseña una foto suya colgada en la pared y, cuando le hago notar que ahora está mucho más flaco, me explica que se enganchó a la heroína.
–Pero ahora me estoy desenganchando. Estoy con la metadona.
Continúo el recorrido hacia sa Murada, donde viven algunas de las históricas traficantes de heroína del barrio. Hay hogueras que se apagan a los pies del baluarte de Santa Llúcia, bajo las murallas de Dalt Vila, y dos mujeres de negro charlan sentadas en un escalón. Son de sobra conocidas. Al menos para policías y periodistas de sucesos. Bajo a Floridablanca, donde está el retén de la Policía Local, habitualmente cerrado e inoperativo, y desciendo las escaleras de la plaza de es Sitis para salir del barrio. Un chico hace señas a un hombre para que le siga calle arriba. El hombre no parece vivir en el barrio. Y seguro que tampoco es policía. El chico es un sherpa y conduce a un cliente a casa de un traficante.
De noche, el barrio de la heroína parece más un gueto que de día, es cierto, pero no es tan peligroso como cuenta el mito, al menos si uno no busca en él algo que meterse en vena. Sa Penya sólo cambia de color y se cierra un poco más. No hay tanta diferencia, porque las noches tienen farolas y los amaneceres siempre son a medias.

(Este texto fue un reportaje en el semanario Prensa Pitiusa y es un capítulo del libro ‘Sa Penya Blues. El crimen del minusválido’)

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En periodismo, he pasado de la sección de sucesos (sin abandonarla completamente) a realizar un periodismo divulgaltivo, de temas científicos y sobre el patrimonio natural, histórico, arqueológico y cultural de las islas, con especial atención a la divulgación del patrimonio marino. Éste es un trabajo que realizo, principalmente, con la colaboración del fotógrafo Joan Costa, con quien, en abril de 2017, he publicado el libro '101 flores de Ibiza y Formentera'. He publicado una decena de libros. Entre ellos 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín.
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