Agentes cívicos contra turistas borrachos

DSC_0304_013Es el nuevo parche que se le ha ocurrido al Ayuntamiento de Sant Antoni para intentar reducir la conflictividad que el turismo de borrachera crea en el pueblo. Nos vamos a gastar (no sé si me atrevo a usar el verbo tirar) 115.000 euros en la contratación de siete agentes cívicos, durante tres meses, para que se paseen por las zonas de los bares intentando enseñar educación a una caterva de turistas alcoholizados.

La idea que, desde luego, no es nueva, puede que funcione bien en lugares en los que los máximos ejemplos de incivismo se limitan a tirar basura a deshora o papeles en la calle, sacar los vasos de los bares, pegar algún grito o mearse en alguna esquina. Pero estamos hablando de Sant Antoni, y Sant Antoni requiere ya, a estas alturas, soluciones más contundentes. No necesitamos agentes cívicos; necesitamos a los mercenarios de Stallone o al Equipo A, pero, ante la imposibilidad de poder contar con ellos, lo que necesitamos son más policías, más guardias civiles y más mano dura con las infracciones, tanto de las ordenanzas como de aquellas que pueden constituir delito. No se puede ir a la guerra con pistolas de agua, no se puede amansar con caricias a un Godzilla cabreado y no se puede razonar con un turista drogado. Es así.

Sin embargo, argumentan los responsables municipales que no pueden contratar más policías locales, que los límites impuestos a la contratación de personal en las instituciones se lo impiden. ¿Tampoco pueden contratar a policías auxiliares? Seguro que si estudian bien el tema pueden encontrar la fórmula para solucionarlo sin hacer demasiadas trampas. En cualquier caso, contratar agentes cívicos no es una solución a la altura de las circunstancias. Estos agentes, que en ningún caso se pueden equiparar a agentes de la autoridad, son mediadores, informadores y controladores de conductas incívicas, según la propia manera en la que los han descrito tanto la alcaldesa como el concejal de Gobernación, lo que significa que no tienen porque tener ninguna preparación que les permita intervenir en muchos de los conflictos que se encontrarán cada noche en el West End y aledaños. De hecho, tampoco tendrán autoridad para intervenir y, si lo hacen, sólo conseguirán, con toda probabilidad, meterse en líos y agravar la situación. ¿Qué van a hacer si se encuentran con tres ingleses enajenados rompiendo el cristal de una tienda a sillazos? ¿Les pedirán por favor que depongan su actitud y las armas? ¿o les entregarán un folletito con las normas básicas para vivir en sociedad?

Y, a estos agentes cívicos, ¿les darán pistolas Taser o los soltarán desarmados a los leones?, porque la verdad es que no acabo de ver cómo van a poder hacer su trabajo en las condiciones extremas que se dan en Sant Antoni. Les darán al menos un spray antimosquitos para adentrarse en la jungla, quiero pensar. Y, ya sin bromas, cuando esos turistas tan respetuosos que visitan el municipio los vean paseándose calle arriba calle abajo con su chaleco distintivo (probablemente amarillo) les van a preguntar, a razón de seis cada media hora, a cuánto tienen el gramo de ketamina. ¿Qué os jugáis?

Y ya desearíamos todos que funcionara para algo, que nos gastamos 115.000, pero me temo, y vamos a hablar claro, que esos turistas tan educados tan serenos y tan majos que hay por Sant Antoni se los van a comer con patatas. Fritas y con mucho ketchup.

Publicado también en Diario de Ibiza, el 13 de mayo de 2014:

http://www.diariodeibiza.es/opinion/2014/05/13/agentes-civicos-turistas-borrachos/693649.html?utm_source=rss

 

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En 2014 se publicó 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', un libro dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín. Y en 2016 se edita el libro 'Sa Penya blues. El crimen del minusválido', en el que el asesinato de un paralítico sirve de pretexto para adentrarse en el submundo de las drogas en el barrio de sa Penya.
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