El mito del asalto al tren de Glasgow

Daily%20Mirror%201963%2008%2017%20Great%20Train%20Robbery-818619[1]Es conocido como el robo del siglo (del XX) y casi reverenciado como un atraco perfecto. Aunque no lo será tanto si hoy conocemos los nombres de los atracadores y algunos de ellos fueron condenados a prisión porque fueron tan idiotas de dejarse las huellas dactilares en un Monopoly en el que se jugaron los primeros cuartos del botín. Se supone, además, que un robo perfecto se comete sin tener que usar la violencia, y a algunos se les olvida convenientemente que el maquinista fue golpeado con una barra de metal. Nunca se recuperó del todo y se llegó a debatir si su muerte, siete años después, podría haber tenido el ataque como un factor coadyuvante.

Venerar el delito como una forma de arte es peligroso, y, desde el punto de vista de los medios de comunicación, una absoluta irresponsabilidad.

Todo ello no impide, sin embargo, que podamos recrearnos en algunos detalles interesantes del caso, del que ahora se cumplen 50 años, en el ingenio de esos asaltantes que, con una batería portátil, accionaron una luz roja, mientras tapaban la luz verde del semáforo bajo el puente Bridego, y obligaron al tren a detenerse.

Fue en la madrugada del 8 de agosto de 1963. El objetivo era el tren correo entre la ciudad escocesa de Glasgow y Londres y que transportaba 126 sacos de dinero. La banda de Ronnie Biggs y Bruce Reynolds (la banda del Suroeste) estaba apostada en el puente. Tres horas antes, a medianoche, les habían confirmado que el tren iba cargado de dinero. Era el día perfecto; el día en el que los bancos enviaban su dinero a Londres.

Una vez detenido el tren ante la señal roja, el ayudante del maquinista bajó para comprobar qué ocurría y se encontró con los ladrones, vestidos de soldados, que lo ataron para poder trabajar. El maquinista, Jack Mills, ofreció resistencia y fue golpeado con brutalidad. También maniataron a los funcionarios que custodiaban las sacas. El vagón del dinero fue desenganchado del convoy y conducido hasta el mismo puente, donde esperaban los vehículos de los asaltantes para el traslado de los sacos.

Y ese es en resumen, el atraco en sí. La segunda parte es igual de interesante o más, al menos para un criminólogo, porque los atracadores, que parecían tan listos, dejaron sus huellas dactilares en un Monopoly con el que habían entretenido sus horas de espera, escondidos en una granja alquilada, mientras el asunto se enfriaba. Había más pistas, desde luego, pero quizás ésta es la más llamativa.

También hay que decir que de los 47,5 millones de euros en los que hoy se valora el botín (2,6 millones de libras entonces), no se recuperó más que una pequeña parte.

Quince hombres fueron detenidos y doce de ellos acabaron en prisión. Reynolds, al parecer el cabecilla (fallecido hace unos meses), se sometió a cirugía estética y estuvo cinco años oculto en México y Canadá. En cuanto a Biggs, se fugó de prisión en 1965 y fue capturado en 2001, al regresar a Reino Unido, enfermo y arruinado. También sometido a operaciones quirúrgicas para modificar su aspecto y con documentación falsa, vivió exiliado en Brasil. Y probablemente fue esta fuga la que dio más notoriedad al asalto al tren de Glasgow, la que más ha contribuido al mito. Pero Biggs no es más que un delincuente, y un delincuente puede ser leyenda (una palabra que usamos alegremente para cualquier tontería), pero no lo convirtamos en una especie de héroe, que a este mundo le sobran ya héroes de pacotilla, falsos héroes y héroes impostores.

En 2009, Biggs quedó en libertad por motivos de salud y hoy vive en un asilo del Norte de Inglaterra. Y sí, está orgulloso de haber participado en uno de los atracos más famosos de la historia; pero si no hubiera sido identificado, no podría jactarse de ello. El crimen perfecto, desde luego, no mola si no puedes vanagloriarte de él.

El Monopoly, junto a un billete de cinco libras que los delincuentes se dejaron sobre la mesa, se conserva en el Thames Valley Police Museum del condado de Berkshire.

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En periodismo, he pasado de la sección de sucesos (sin abandonarla completamente) a realizar un periodismo divulgaltivo, de temas científicos y sobre el patrimonio natural, histórico, arqueológico y cultural de las islas, con especial atención a la divulgación del patrimonio marino. Éste es un trabajo que realizo, principalmente, con la colaboración del fotógrafo Joan Costa, con quien, en abril de 2017, he publicado el libro '101 flores de Ibiza y Formentera'. He publicado una decena de libros. Entre ellos 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín.
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