Aletas de tiburón

Mi padre me decía a menudo: ‘¡Nena! ¡pronto no nos dejarás ni lavar los platos!’. Y yo entonces se los daba al doberman para que los limpiara a lengüetazos, ante el horror de mi madre. Era sólo una broma familiar que hacía referencia al ahorro de agua… Y es que yo soy, y lo digo con orgullo, la conciencia ecológica de mi entorno, aunque reconozco que en ocasiones me pongo tremendista. Y pesada. Pero, todo sea por la causa, que cuando encuentro una me convierto en el increíble Hulk.

Si no fuera por mí, tengo que decirlo para avergonzarlos, en el periódico nos hubiéramos pulido un kilómetro de bosque amazónico a la semana en papel para la impresora y mi madre ni se habría enterado de que el atún rojo está en peligro en el Mediterráneo, porque el único del que conoce el aspecto llega ya enlatado y en el super siempre hay existencias.

Los animales en riesgo de extinción –y los que no, para que engañarnos– me pueden. Los dibujo un montón de veces, intentando conocerlos mejor, y siempre encuentro argumentos que justifiquen reportajes sobre tiburones, halcones, delfines o tortugas. Porque soy de las cándidas que aún creen que el periodismo es algo más que besar los pies –por no mentar otras regiones anatómicas– a los políticos de uno u otro turno, porque creo que, de alguna manera, estoy haciendo campaña por lo que de verdad vale la pena, por el planeta, por esos tiburones, esos halcones… o por el diablo de Tasmania, que es un encanto. Porque estoy convencida de que puedo hacer algo más que ser socia de Greenpeace y defensora de los océanos. Y porque equilibra mi mundo pasar de escribir sobre drogas y crímenes a hacerlo sobre animales y personas capaces de luchar por ellos.

Últimamente, me estoy poniendo burra en la defensa de los tiburones –unas criaturas espléndidas a las que acabé de engancharme bañándome con ellas allá por Filipinas– y hace unos años me llegó al alma y a las vísceras la historia del pobre animal de Tarragona que murió en un acuario después de provocar una exagerada alarma, como si tuviera que parecer raro encontrar un pez en el mar… A ver si nos vamos enterando: en el Mediterráneo hay tiburones. Tiburones blancos, marrajos, porquets, tintoreras… casi de todo. Y, cuando pueden evitarlo, no quieren saber nada de los humanos, porque no les gustamos lo más mínimo y porque los masacramos. En este país de hipócritas, los periodistas son capaces de hacer un espectáculo de un pobre escualo agonizando tras ser sacado del agua a lo bestia por un grupo de cafres acompañados de un coro de gritones y son capaces de convertirlo en la noticia triste del verano al mismo tiempo que oportunistas cadenas de televisión programan películas de tiburones asesinos e imposibles y todos se olvidan de que España, vaya por Dios, mata al año 350.000 tiburones a los que cercena las aletas y arroja, moribundos, a las aguas. Las aletas se cotizan bien.

Recuerdo ese capítulo de los Simpson en el que unos delfines cabreados salen del agua y la emprenden contra los humanos que los han masacrado y pienso que algún día los tiburones blancos no tendrán qué comer porque los atunes rojos habrán desaparecido y se acercarán a las costas a comer carne humana, que a falta de pan buenas son tortas.

Y ahora, pide sopa de aleta de tiburón en el restaurante chino.

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En 2014 se publicó 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', un libro dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín. Y en 2016 se edita el libro 'Sa Penya blues. El crimen del minusválido', en el que el asesinato de un paralítico sirve de pretexto para adentrarse en el submundo de las drogas en el barrio de sa Penya.
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