Veinte años sin Falcone y sin Borsellino, víctimas de la Mafia

Hace ahora dos décadas, el 23 de mayo de 1992, la Mafia asesinó en Palermo al juez antimafia Giovanni Falcone. El 19 de julio fue también asesinado Paolo Borsellino. Éste es un fragmento, en la novela ‘La canción del siciliano’, de mi homenaje a los dos jueces valientes que abanderaron la lucha antimafia y se convirtieron en símbolos de la dignidad de Sicilia.

Él nunca hubiera iniciado así una visita turística por la ciudad, pero ella tenía un interés especial en ver el árbol que hoy señala el edificio en el que vivió el juez Falcone y que, tras su muerte, se convirtió en una especie de lugar de peregrinación. La impresionaba aquella ciudad de símbolos funerarios, de placas que anunciaban algún assassinato da vile mano mafiosa, y en la que era usual citarse en el lugar en el que mataron a alguien o fechar la vida en función de algún crimen. Fueron andando hasta la vía Notarbartolo, en el barrio Libertà, desde la zona del puerto y pasando por delante de la cárcel de l’Ucciardone, una especie de fortaleza de torreones medievales que es la prisión más famosa de toda Italia, la prisión en la que Salvatore Riina, quien luego fuera capo dei capi, conoció a Gaspare Mutolo, el que luego le traicionaría y recordaría ante el juez las confesiones que Riina le hiciera en la intimidad que confiere una celda compartida. La cárcel en la que Gaspare Pisciotta fue envenenado con estricnina.

Ella esperaba encontrarse con un árbol en una plaza o en un céntrico jardín en algún sitio singular, pero l’albero del símbolo era un triste ficus de tres plantas de altura encajado en una pequeña jardinera en la entrada de un portal, un ficus que pugnaba por sobrevivir contra el edificio, sin que se hubiera hecho nada especial para indicar su simbólica presencia. El resto de lo que tenía ante sus ojos, sin embargo, no la defraudó, porque el tronco estaba cubierto de mensajes y dibujos. Algunos eran bastante viejos, según revelaba el amarilleo de los papeles, y otros eran notas recientes en las que, de formas distintas, se recordaba al juez antimafia. En el cartel más grande, con una fotocopia de las imágenes de Falcone y de Paolo Borsellino, podía leerse: Non li avete uccisi. Le loro idee camminano sulle nostre gambe. (No los habéis matado. Sus ideas caminan sobre nuestras piernas). Había dibujos de niños, y poemas, y se percató enseguida de que l’albero de Falcone era también l”albero del juez Borsellino, que fue asesinado con cinco de sus escoltas dos meses después de que lo fuera su colega.

Ella observaba el árbol y Sacha La Plaggia la observaba a ella, recordando aquel 23 de mayo de 1992 en el que, mientras medio mundo se sobresaltaba con la muerte del juez Falcone, de su esposa y de tres de sus escoltas, en el barrio de Brancaccio los jóvenes salían a la calle en sus motos, gritando “¡hemos vencido! ¡la Mafia es más fuerte!”.

¿Dónde estabas tú cuando mataron a Falcone? Seguro que lo recuerdas –preguntó ella.

Estaba con mi tío y unos amigos suyos… En el reservado de un restaurante de Taormina y contemplando una copia magnífica de un cuadro de Van Eyck… Entonces llamaron a mi tío para decírselo… –Sacha no añadió que Don Paolo recibió dos llamadas y que la segunda era de su madre, abuela de Sacha, que lloraba y gritaba a su hijo por no haber evitado la muerte de aquel hombre que no debía morir. La abuela también vivía en un mundo de contradicciones.

A pocos metros del ficus, la joyería Longo se había convertido en una de las preferidas de los mafiosos de la ciudad. Paolo Di Vincenzo compraba allí las mejores joyas que iban a lucir la tía y la abuela de Sacha. Jamás miraba hacia el árbol de Falcone y nunca se había parado a leer los mensajes que en su tronco dejaban quienes aún creían en él, en un muerto que había dejado de ser un problema. Di Vincenzo, en el fondo, quería creer que aquella sencilla expresión de libertad en medio del temor a las armas mafiosas, aquella flor rara y salvaje nacida en el estercolero, no significaba nada, que nunca significó nada. Sin embargo, él, en su día, se había opuesto a las muertes de Falcone y de Borsellino por un principio práctico más que humano; creía, y así lo hizo saber a los corleoneses, que, asesinados, los jueces se convertirían en mártires, en emblemas de coraje que podían despertar conciencias dormidas. Di Vincenzo sabía lo dañinos que son los mártires cuando lo son en el campo contrario. Ahora, el símbolo del árbol y sus mensajes grapados no le parecían gran cosa, porque se negaba a reconocer que cada vez que un niño dedicaba un dibujo a dos jueces a los que no llegó a conocer y cada ocasión en la que unas manos se acercaban al tronco para colgar en él un trozo de papel o sólo para tocarlo, Palermo recuperaba un gramo de dignidad.

(El capítulo sigue con el relato del atentado y con algo de información sobre los asesinos)

Y si quieres saber algo más de ‘La canción del siciliano’ puedes seguir este enlace.

https://territoriocat.wordpress.com/2012/05/09/la-cancion-del-siciliano/

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En periodismo, he pasado de la sección de sucesos (sin abandonarla completamente) a realizar un periodismo divulgaltivo, de temas científicos y sobre el patrimonio natural, histórico, arqueológico y cultural de las islas, con especial atención a la divulgación del patrimonio marino. Éste es un trabajo que realizo, principalmente, con la colaboración del fotógrafo Joan Costa, con quien, en abril de 2017, he publicado el libro '101 flores de Ibiza y Formentera'. He publicado una decena de libros. Entre ellos 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín.
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