Los disfuncionales

Entra por la puerta sin decir ni hola, se va a la impresora y se queda allí mirándola al menos un minuto sin que la impresora se inmute. La muy chula. Yo no pregunto. Paso. “¿Esto no funciona?” La zarandea. Maldice un poco. Lo justo. Se da cuenta por fin de que yo no le hago ni caso, que la maldita impresora tampoco, y se va… La impresora funciona perfectamente, por supuesto, pero él se ahoga en un vaso de agua y no es capaz de cambiar la configuración, no porque no pueda leerse las indicaciones, es que no le han enseñado a ir por la vida haciéndose las cosas él mismo. Y como a mí no me han enseñado a hacérselas a nadie…

Y eso con la impresora. Y no es nada comparado con la aventura que para él y otros como él supone enfrentarse a los más pequeños contratiempos de la vida. Que hay algunos que uno se pregunta como sobrevivieron a la adolescencia, porque si fueran leones la selección natural se los hubiera llevado por delante.

Son esos hombres que te dejan toallas tiradas por toda la casa porque siempre tuvieron a una madre que pasaba detrás de él recogiéndolas, los que nunca tuvieron que hacerse la cama pero que se creen la bomba porque saben deshacerla, los que tienen una expresión autista para momentos tan duros de la vida como cuando no queda zumo de naranja en la nevera o se han acabado las pilas de la Wii ¡Santo cielo! ¿Y ahora qué? Porque son disfuncionales para las cosas sencillas de la vida, aunque luego sepan especializarse en el manejo de la Wii (maldito sea el bate del juego de béisbol, por cierto) o te construyan una catedral de naipes.

Qué más da que vayan por la vida de hombres capaces si luego se enfrentan a la sartén –cuando no queda otro remedio– como si fuera una serpiente de cascabel. No me las daré de fantástica ama de casa, porque no lo soy en absoluto, pero al menos no le tengo miedo a enfrentarme a las tareas más sencillas y sin necesidad de llamar a los Geos (o a mamá) ante el más mínimo contratiempo o la necesidad de valerme sin ayuda, sea para manejar la sartén, para cambiar una rueda pinchada o para manejar la motosierra.

Mi padre incendió la cocina del chalet, pero al menos intentó valerse por sí mismo… Y ahí es donde quería llegar, porque el problema no es que esos a los que me refiero sean estúpidos (algunos sí, claro) es que, sencillamente, nadie los educó para que supieran encarar las más pequeñas pruebas de la vida con un mínima capacidad de reacción. Para entendernos, un disfuncional puede ser capaz de sacarte los planos del último proyecto de la NASA si eso, concretamente, se lo han enseñado, pero le pides algo que debería ser tan sencillo como que le prepare el biberón a un niño o que ponga el agua al fuego y te mirará con cara de idiota profundo porque no se le ocurrirá ni por donde empezar. Y no es difícil, no, lo que ocurre es que nadie les ha enseñado ¡Vaya por Dios!…. Pero hay muchas cosas que se aprenden sin más, sin necesidad de que antes nos hayan llevado por ellas cogidos de la mano, que no hay masters para planchar ni para recoger toallas ni para cambiar ruedas pinchadas ni para enfrentarse a la vida, ni falta que hace. Y ahí es donde carecen de las herramientas necesarias; no saben hacer las cosas sencillas porque cuando tenían a mamá ella lo disponía todo para que no tuvieran que preocuparse de la vida, así que a una le entran unas ganas tremendas de irse a la madre en cuestión y preguntarle: señora, ¿cómo demonios ha educado a su hijo? Ya se lo puede quedar…

La abuela de un amigo mío –con carrera y cerebro pero bastante disfuncional– se lo expresaba muy bien a su madre cuando ésta se desvivía para hacer la vida más fácil a sus niños: “Los estás haciendo más inútiles de lo que ya son”.

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En 2014 se publicó 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', un libro dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín. Y en 2016 se edita el libro 'Sa Penya blues. El crimen del minusválido', en el que el asesinato de un paralítico sirve de pretexto para adentrarse en el submundo de las drogas en el barrio de sa Penya.
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