Nitrato de amonio

Hoy doy vueltas a unos cuantos casos que me desconciertan, y creo que voy a tener que dejar la criminología por un tiempo, unos días, al menos. El primer caso es el de un chaval de 18 años que pretendía volar su escuela con nitrato de amonio encargado por correo (que ya quisiera yo saber cómo conseguirlo, la verdad). Y sería otro caso más si no fuera porque este muchacho tenía planes más allá de volarse en compañía de unos cuantos compañeros y, a ser posible, algún profe… Y es que él quería morir para ir al cielo y matar a Jesús, como si pensara que se lo iba a encontrar por ahí de paseo y podría echarle las manos al cuello; no creo que, al morir, puedas llevarte cuchillos de contrabando. Pero es que la historia no puede ser más surrealista, porque, y aún profesando la fe católica, ¿a éste hombre nadie le ha contado que a Jesús ya lo mataron? Y, aún más, ¿cómo cree que le dejarán entrar en el cielo después de haber hecho volar una escuela por los aires? No sé si estará chalado, pero confundido lo parece un rato, desde luego. Ante tales declaraciones, un fiscal muy espabilado ha declarado que la conducta del chico –se llama Ryan– es extraña y que necesitará una evaluación psicológica. Evidentemente, la necesita, pero eso no significa que esté mentalmente enfermo (la que está enferma, empiezo a entender, es la sociedad). En realidad, lo más triste de casos como el de Ryan es que muchos de estos chicos que planean un asesinato en masa no están enfermos, sólo aburridos o cansados de ser los últimos monos de la clase.

En Alemania, un agricultor que de loco no debía tener un gramo, mató a sus padres y dio de comer a los cerdos el cadáver descuartizado de un trabajador de la granja al que se supone que también, previamente, había matado. Lo de echar el cadáver a los cerdos a mí me resulta hasta poético, además de práctico, aunque siempre me he preguntado qué tipo de temperamento hay que tener para ponerse a descuartizar cadáveres… y darlos a los cerdos ¿Por qué no les daría también los cadáveres de sus progenitores?

Y el caníbal de Roteburgo, ese ser degenerado que se comió a uno de sus amantes tras cocinar y merendarse su pene, ha sido condenado a cadena perpetua. En este caso, la víctima es más aberrante que el criminal, porque –tras conocerse en un chat de Internet (¡qué miedo!)–, el hombre cuyo pene se comerían literalmente viajó a Roteburgo para dejarse devorar por el caníbal. Asqueroso. Y es que al parecer era la fantasía de los dos… Internet se ha revelado una fantástica herramienta para recalentar las cabezas de chiflados y también de desgraciados sin moral ni principios, y poner en contacto a criminales y víctimas, y a todo tipo de humanos abyectos… En el caso de Roteburgo, la víctima viajó a la ciudad para que el otro cocinara su pene y los dos se lo comieran juntos –cena romántica a tope– y, ya agonizante, el desmembrado fue rematado a cuchilladas y descuartizado. Algunos pedazos fueron congelados para posteriores usos culinarios.

Y el caso del tipo de Amstetten que mantuvo retenida a su hija durante 24 años en un sótano es incomprensible, porque aunque entienda las relaciones de poder que puede crear un malnacido, no me cabe en la cabeza que la víctima no cogiera, un día de subidón, y le cortara el cuello o le chafara el cráneo con alguno de los mil utensilios de los que dispondría para ello en esa casa bajo la casa.

En fin. El caso es que yo he descubierto ya hace tiempo –y sin sorpresa alguna– que todos estos casos todavía me horrorizan, pero que ya no puedo sentir tristeza. Quizás me he tragado ya demasiados documentales de crímenes y criminales o he visto demasiada sangre en pantalla… En un capítulo de los Simpson, Bart y Lisa están viendo una película con derramamiento de vísceras, ella se cubre los ojos y su hermano le dice que si no mira, no se desensibilizará… Yo ya lo he superado.

En cambio, leo que un irresponsable desalmado ha matado a tiros a una hembra de quebrantahuesos y me entran ganas de llorar. No he sido capaz de ver morir a la madre de Bambi y la muerte de Godzilla me acongoja, pero ni pestañeo cuando le descerrajan un tiro a algún tipo en plena frente. Será que he perdido el respeto al ser humano y que ya sólo puedo verlo como objeto de estudio, sociológico o criminológico. Qué triste. Tendré que pensar más en ello…

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En 2014 se publicó 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', un libro dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín. Y en 2016 se edita el libro 'Sa Penya blues. El crimen del minusválido', en el que el asesinato de un paralítico sirve de pretexto para adentrarse en el submundo de las drogas en el barrio de sa Penya.
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