Ferrer Guasch y Elvis Presley

Es un simple rincón encalado de una construcción sin duda ibicenca. Un ángulo abierto –blanco de titanio y sombra lograda con azul– sobre el que asoma una caseta con el triángulo de una ventana oscura, como el ojo semiabierto de un oso polar. Y una pequeña porción de cielo azul sin paliativos, sin mezcla, sobre la casa. Es el cuadro de Ferrer Guasch que yo veo todos los días en la entrada de la casa de mis padres. Le he dicho alguna vez a mi padre que debería cambiarle ese marco horrible que le pusieron, pero creo que está esperando que de esos pequeños asuntos familiares me ocupe yo…

Una vez escribí de Ferrer Guasch que era la cuarta parte del Grupo Puget que eligió destacar sobre sus compañeros por gastar más dinero que nadie en tubos de óleo de blanco de titanio. Era una manera muy libre de describir sus cuadros y al pintor le hizo gracia… Pero creo que lo que más le gustó fue que –en ese mismo reportaje, de una exposición en la Galería Berri– flagelaba un poco a lo que bautizaba como el establishment cultural de la isla, que por lo bajo criticaba al artista por repetir hasta la saciedad sus paredes blancas y sus colores azules, posiblemente porque otros nunca conseguirían mostrar una ventana bajo la luz mediterránea como lo hace –como lo hacía– él. Y eso también me gustaba de Ferrer Guasch, de la persona más allá del artista; ese carácter de ibicenco con temperamento, al que los convencionalismos, los halagos de los pelotas o las críticas de los envidiosos se la solían traer al pairo, como dicen por algún lugar de Castilla. No lo conocía mucho, casi nada, pero lo había entrevistado en alguna ocasión y me recordaba algo a mi abuelo de Sant Jordi: maniático, empecinado como una mula y con el genio del huracán Katrina… pero abuelo entrañable al fin y al cabo. Y creo que capaz de mandarte al infierno al estilo Fernando Fernán Gómez si le daba por ahí.

Pero esa es la impresión de alguien que apenas le conocía ni falta que hacía, porque soy de aquellos –al parecer, pocos– a los que la vida y manías de los artistas les importan menos que sus obras; ¿qué más me da que Elvis no fuera más que un tarado emocional incapaz de afrontar la vida como el ser presuntuoso que anunciaba su sonrisa de gallito? Igual era un imbécil integral que, en caso de haber tenido la ocasión de conocerlo, me hubiera parecido también para enviar directo a algún infierno más allá del suyo propio. O no. No sé cómo era la persona, porque ningún libro puede decir si a uno le caería en gracia, pero cuando el cantante hace su trabajo y suena en el equipo de música, sólo existe Elvis y el resto del mundo desaparece. Y eso es lo que vale de un artista, sea en el sector que sea.

Y no sé cómo he acabado escribiendo de Elvis Presley, pero es que a Ferrer Guasch lo conocí lo justo para saber que tenía carácter, pero no hubiera importado nada que yo no apreciara su persona –esas consideraciones son para su familia y amigos– si puedo apreciar sus cuadros. Y porque lo conocí un poquito entiendo que a él tampoco le importaba mucho cómo valoraran su vida un montón de desconocidos, que el ser humano no se debe a su público ni al establishment ni a nada más allá de su círculo, que el artista es otra cosa, por muy cercano que nos parezca.

Puedo reconocer, sin embargo, que luego está el hecho de que, a veces, –sobre todo en los artistas– hay una parte de la persona más expuesta porque es la que se refleja en su obra y en su trabajo, y eso sí podemos valorarlo. Y si en Elvis Presley su alma desequilibrada se mostraba cantando con pasión inimitable a los corazones rotos, en el caso de Ferrer Guasch ese punto en el que se unían el carácter y el arte se concretaba en su independencia; si le apetecía repetir paredes hasta la saciedad, esto es lo que hay, si te gusta te lo quedas y en caso contrario, ya sabes. Y no le fue nada mal. Yo me lo quedo.

Ferrer Guasch, perfeccionista insistente, se pasó la vida detrás de la luz y dicen que, al final, uno siempre la encuentra… Espero que fuera como quería que fuera y que, por fin, se diera cuenta de que ya la tenía atrapada en sus cuadros.

 

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En periodismo, he pasado de la sección de sucesos (sin abandonarla completamente) a realizar un periodismo divulgaltivo, de temas científicos y sobre el patrimonio natural, histórico, arqueológico y cultural de las islas, con especial atención a la divulgación del patrimonio marino. Éste es un trabajo que realizo, principalmente, con la colaboración del fotógrafo Joan Costa, con quien, en abril de 2017, he publicado el libro '101 flores de Ibiza y Formentera'. He publicado una decena de libros. Entre ellos 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín.
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Una respuesta a Ferrer Guasch y Elvis Presley

  1. Yo el marco lo dejaría, lo que cambiaría es el cuadro.

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