El cazador de cocodrilos

 Si no fuera lo que soy, yo hubiera querido ser Steve Irwin y pasarme la vida vestida de verde safari, embarrada hasta las orejas día sí día no y rodando documentales de animales alrededor del planeta… mostrándole al mundo lo maravillosa que es la vida más allá del hombre y sin miedo a los colmillos venenosos de las serpientes, que hay mordiscos que duelen más aunque sangren menos.

El 4 de septiembre se cumplen cinco años de aquel día en el que mi querido y extrasimpático ‘cazador de cocodrilos’ murió mientras rodaba un documental en aguas australianas; una raya –un animal por lo general pacífico– le metió un latigazo y le clavó en el pecho los veinte centímetros (vaya, ¿esa no era la medida del placer?) de espina venenosa de su cola. En el corazón. Y el corazón se paró. Steve murió casi al instante y yo –que a veces tengo un punto romántico que es de lo más inoportuno– pensé en lo bonito que es morir como a uno le ha gustado vivir la vida.

Y Steve debía pensar lo mismo, porque siempre dijo que si estaba realmente en peligro, la cámara debía seguir grabando. Hasta su muerte, si así sucedía. Y sucedió, porque su final fue grabado y se pasaron años debatiendo si las imágenes debían difundirse, como Steve quería que se hiciera… Quizás estaba algo más tarado de lo que mi padre piensa, aunque se enganchara a sus documentales igual que yo, deseando estar allí.

Y lo he estado pensando y no quiero verlo morir, que si ver morir al Capitán América en un cómic ya fue un golpe duro, esto sería ya traumático… No quiero verlo morir porque tiene que seguir vivo en todos los documentales que tengo grabados en mi casa y porque su muerte no puede convertirse en un vídeo de esos de Impacto tv (cómo se llame) y zafiedades por el estilo (con ver morir mil veces a Ayrton Senna ya hemos tenido bastante insensibilidad). Me niego a recordarlo intentando sacarse una espina del pecho, y considero que este mundo no necesita más imágenes que solo alimenten el morbo e inciten a ir por la vida grabando como los niños se estampan en los columpios o los chicos de los ‘skates’ se abren la cabeza en las barandillas.

Steve no tiene que ser Ayrton Senna estrellándose mil veces con su coche en Imola. Steve, mi ‘cazador de cocodrilos’, es y será el que mil veces sonríe al lado de un cocodrílido, el que me muestra lagartos maravillosos mientras me explica detalles fascinantes sobre su vida y el que mil veces se deja enamorar por las serpientes. Confieso que al principio tuve un pequeño problema para aceptar a un ecologista que basaba sus documentales en incordiar a algún bicho, pero pronto me enamoré de él y vi que era su manera de luchar por su conservación, de hacer a los animales más cercanos sin necesidad de arrastrarlos a nuestra vida. Entendí que hacía mucho más bien que mal. No era el espectáculo de circo de animales salvajes domesticados ni era como esos osos rusos convertidos en alcohólicos por el ser humano y que ahora el Gobierno ucraniano quiere desintoxicar… Qué espanto. Y qué asco.

Se cumplen cinco años de la muerte de Steve Irwin, pero sigue vivo en los documentales que yo guardo en casa y que tengo que volver a ver con mi padre. A la muerte de Steve, alguien aludió a aquello de que quien juega con fuego se quema, pero es que a veces lo realmente hermoso es aceptar el riesgo y seguir jugando.

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En 2014 se publicó 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', un libro dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín. Y en 2016 se edita el libro 'Sa Penya blues. El crimen del minusválido', en el que el asesinato de un paralítico sirve de pretexto para adentrarse en el submundo de las drogas en el barrio de sa Penya.
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