Tortuguero

Hay un lugar en Costa Rica llamado Tortuguero. No hay manera de encontrar sellos y es complicado que alguna carta enviada desde ese lugar del fin del mundo llegue a su destino. Hay algún ordenador, claro, pero Internet funciona de aquella manera; hay que tomarlo con calma, así que lo mejor que se puede hacer es pedir una piña colada al simpático camarero del bar de al lado, que siempre saluda con un ‘¡Pura vida!’, y aceptar que allí las cosas tienen un ritmo distinto, un ritmo al que, además, acostumbrarse debe ser muy sano… En Tortuguero no te despiertan las eternas obras de una calle ni los portazos del idiota del piso de abajo; lo hacen –en un amanecer precoz– los cantos de los pájaros o los madrugadores instintos de los monos aulladores que han decidido instalarse en los árboles que hay junto a tu cabaña. Abres los ojos y compruebas que mariposas nocturnas de tamaños que nunca imaginaste y bichos que no sabes si clasificar en el grupo de los insectos palo o en el de los de ‘¡Dios! ¿qué es este bicharraco?’ han pernoctado en tu habitación… pero seguro que has dormido con cosas peores (aunque no te suscitaran expresiones de sorpresa ante su tamaño).

Sales de la cabaña y los sonidos de la jungla se complementan con el característico olor que ha dejado la lluvia –porque en Tortuguero llueve prácticamente todos los días y allí la lluvia es una bendición del cielo– y al primero que saludas fuera de tu casa, en lugar de al tipo ese de la cafetería que siempre te dice cómo tienes que hacer tu trabajo, es a un sorprendente basilisco esquivo que te mira y solo baja un poco la guardia cuando llega a la conclusión de que no eres una amenaza.

A Tortuguero se llega en avioneta como quien trafica con cocaína, usando una pista de aterrizaje en la selva, o en canoa o lancha surcando canales de aguas oscuras a través de un espectacular bosque pantanoso donde la vegetación se hunde en unas aguas por las que pasan los manatíes, esos fabulosos mamíferos de río en peligro de extinción, por lo que hay carteles que recuerdan que hay que reducir la velocidad para proteger la especie. Y a menor velocidad, además de menos posibilidades de que las hélices tajen a algún pobre animal, la magia del parque de Tortuguero se descubre en cada detalle; en cada rama sobre el agua, en cada hoja, en la orilla, en cada raíz hundiéndose o buscando puede observarse una maravilla de la naturaleza: caimanes, perezosos, iguanas, garzas, monos, arañas, insectos, tortugas, serpientes, flores que parecen imposibles, ranas que parecen dibujadas para un cómic… y hasta algunos de los pocos jaguares que quedan se esconden en la maleza de Tortuguero.

En sus playas nocturnas, de un mar abierto mucho menos amable que el Mediterráneo, no pueden verse idiotas borrachos, pero puedes esperar bajo la lluvia a que las tortugas marinas acudan a desovar en sus arenas. Con prudencia, por supuesto, que queremos que siempre vuelvan. Si un día desaparezco –y no hace falta que a nadie se le ocurra buscarme– es probable que esté en Tortuguero, en una casita de madera en el pueblo, a ser posible junto al puesto de la Fuerza Pública, diseñando carteles para el Proyecto Manatí, buscando bichos con los de la estación biológica o contando tortugas. Luchando por alguna causa, claro. ¿Querrás escaparte conmigo?

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En periodismo, he pasado de la sección de sucesos (sin abandonarla completamente) a realizar un periodismo divulgaltivo, de temas científicos y sobre el patrimonio natural, histórico, arqueológico y cultural de las islas, con especial atención a la divulgación del patrimonio marino. Éste es un trabajo que realizo, principalmente, con la colaboración del fotógrafo Joan Costa, con quien, en abril de 2017, he publicado el libro '101 flores de Ibiza y Formentera'. He publicado una decena de libros. Entre ellos 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín.
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