La muerte del Capitán

Matar al Capitán América es lo peor que me ha hecho la Marvel. Vale que ya lo dimos por muerto o malherido en anteriores ocasiones, pero siempre sabíamos que, de una forma u otra, había sobrevivido, que los superhéroes son así… Ahora –será que he crecido de repente– no lo tengo tan claro y, la verdad, me siento traicionada.

Ya sé que es sólo un dibujo, que no es real, pero verlo en esa viñeta, tendido en las escaleras del palacio de Justicia, con el uniforme de estrellas manchado y un hilo de sangre saliendo de sus labios fue como, si de pronto, la base sobre la que se sustentaba lo que puedo contar de mi infancia volara por los aires. Porque, en un mundo inhóspito en el que nada llega a tu vida con una garantía de más de dos años, si había algo a lo que aferrarme era a la seguridad de que el Capitán América, Thor o Dan Defensor no podían morir. Nunca. Imposible. Siempre estarían ahí, sustentando mi necesidad de diferenciar entre los buenos y los malos y alimentando mi afición por los héroes casi imposibles. Era un pacto entre nosotros: tú no mueres, tú no te vas nunca, y yo te seré fiel eternamente, aunque deje de creer en Peter Pan. Prometido.

Pero el Capi ha muerto. Asesinado por un francotirador en unas escaleras. El superhombre se negó a aceptar una ley antiterrorista, promulgada tras los atentados del 11 de septiembre y que obliga a los superhéroes a inscribirse en un registro policial (una chorrada como otra cualquiera) y, claro, se lía un pitote y lo llevan a juicio.

No era la primera vez tampoco que el Capitán tenía problemas con la Justicia. En una de las historias que mejor recuerdo –‘El criminal Capitán América’– le tienden una trampa para que el mundo crea que es malvado, pero sabíamos que todo se solucionaría y eso hacia soportable el proceso. Era otra de las normas preestablecidas: los buenos siempre acababan ganando. Siempre. Que para miserias irreparables ya teníamos bastante con los libros de Delibes que nos obligaban a leer…

En la portada del cómic, que conservo como un tesoro aunque mi padre se ha negado a guardarlo en la caja fuerte, el Capi lleva puestos unos grilletes (¡Jesús!) y muestra los puños cerrados, pero yo ya sabía que habría una explicación razonable –dentro de los parámetros en los que se entiende la lógica en un cómic, claro está– y que si leía la historia, al final, todos podríamos respirar tranquilos porque Él seguiría defendiéndonos de los maleantes que osaran amenazar la libertad y todas esas cosas. Y saberlo me tranquilizaba.

Siempre me ha importado un comino que encarnara ese patriotismo americano ahora tan denostado y todas esas zarandajas… ¡Qué más da! Era un superhéroe con gracia que mantenía el equilibrio de mi mundo y punto. A veces, tengo que reconocerlo, me parecía algo moña porque era tan bueno que nunca quería matar a los malos, y, si lo hacía, luego sentía remordimientos. Yo era más bruta, así que en ocasiones prefería la malicia y los superpoderes extraordinarios de Thor. Es que él es un dios… Pero al final el Capi era el Capi, a pesar de todo. Y prometí creer en él para siempre.

¿Y ahora qué? Porque los amigos mueren, cambian y traicionan, pero siempre me quedaba la tranquilidad de saber que el Capitán América, Thor, Dan Defensor, Estela Plateada o Lobezno nunca lo harían. Era una garantía de que el mundo aún tenía por dónde agarrarse. ¿Y si sigo haciendo como si nada hubiera pasado?

 

 

 

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En periodismo, he pasado de la sección de sucesos (sin abandonarla completamente) a realizar un periodismo divulgaltivo, de temas científicos y sobre el patrimonio natural, histórico, arqueológico y cultural de las islas, con especial atención a la divulgación del patrimonio marino. Éste es un trabajo que realizo, principalmente, con la colaboración del fotógrafo Joan Costa, con quien, en abril de 2017, he publicado el libro '101 flores de Ibiza y Formentera'. He publicado una decena de libros. Entre ellos 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín.
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