Escasez de cadáveres

Recuerdo a mis amigos que estudiaban Medicina en la Facultad de Valencia. Siempre me mostraban las fotos que se hacían con los cadáveres que elegían en los sótanos y que les tocaba diseccionar. Incluso les ponían nombres… Creo que uno se llamaba Bela Lugosi. Sería por su mortuoria palidez o por alguna broma sobre los ‘no muertos’ que nunca he pillado… Yo observaba los cuerpos con detenimiento, imaginándolos en un tétrico sótano al estilo del estudio que Kenneth Branagh creó para su versión del doctor Frankenstein. Examinaba los tatuajes que muchos de esos cadáveres tenían y llegaba a la conclusión de que en vida eran marineros aventureros de allende los mares que habían perecido circunstancialmente en Valencia. Nadie reclamaba sus cuerpos porque no tenían a nadie que les llorara o que supiera que habían echado cuentas con la Parca.

Entonces, imaginaba, eran entregados a la facultad con una etiqueta colgando del dedo gordo en la que pudiera leerse ‘número 33.666. No identificado’, por ejemplo. Y estudiantes de Medicina como mis amigos practicaban sus carnicerías con ellos.

Los imaginaba emborrachándose –siempre en vida, que tétrica sólo lo soy lo justo– en tugurios por amores perdidos y jugándose el alma con algún diablo en alguna partida de póquer. Yo podía reconstruir el pasado de un muerto para llegar a su presente, aunque fuera una reconstrucción romántica, y los estudiantes de Medicina sólo veían el presente y diseccionaban el futuro inmediato. La diferencia entre un estudiante de letras y uno de ciencias, básicamente.

Ahora leo que las universidades se quejan de que no tienen cadáveres con los que sus alumnos puedan estrenar sus bisturíes y comprobar si el páncreas real se parece al que dibujaron en sus libros de anatomía. Preocupante, porque, para no aterrizar en los hospitales sin haber extraído ni un bazo, los futuros médicos tienen que practicar sus carnicerías y hacer unas cuantas necropsias a lo bestia. Y los juegos de mesa al estilo ‘¿qué me pasa doctor?’ no deben servir para mucho, que yo hice explotar muchos tubos de ensayo con mi ‘Quimicefa’ y del tema sé lo justo..  Pensar en médicos que no han pasado por las prácticas, la verdad, agudiza mi galenofobia.

Y es curioso el asunto, porque España encabeza la lista de países donantes de órganos y tejidos, y en Baleares –en este aspecto, al menos– somos más generosos que nadie. El Papa, por cierto, era donante de órganos, pero, al ser nombrado Sumo Pontífice, su tarjeta quedó anulada, porque un Papa no puede donarse por partes; su cuerpo pertenece a la Iglesia y, algún día, sus órganos podrían ser considerados reliquias… Todo un mundo el de las reliquias del que seguro que me apetece hablar algún día.

 Volviendo al problema de las universidades, parece que a pocos se les ocurre que para que los médicos lleguen a ser profesionales capaces de hacer trasplantes antes necesitan cadáveres con los que practicar sus habilidades. No quiero ni pensar en un médico que entra en el quirófano frotándose las manos ante una operación de apendicitis porque es la primera vez que tendrá la oportunidad de ver y extraer un apéndice… Vamos, prefiero arrancármelo yo misma y sin anestesia a perder la conciencia sobre mi propio cuerpo. Así que me lo pensaré, aunque reconozco que donar la muerte a la ciencia para que un grupo de estudiantes le hagan la autopsia a lo cafre no suena demasiado bien.

Imagino de nuevo a mis amigos, a otros como ellos, poniendo un nombre extraño a mi cadáver. Y que otro estudiante de letras con mucha imaginación estudie mis tatuajes y llegue a la conclusión de que me jugaba el corazón al póquer sobre un tapete verde Guardia Civil y que un dragón azul se me comió el alma empezando por los riñones. ¿A cuánto pagan los cuerpos con el alma mordida?

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En 2014 se publicó 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', un libro dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín. Y en 2016 se edita el libro 'Sa Penya blues. El crimen del minusválido', en el que el asesinato de un paralítico sirve de pretexto para adentrarse en el submundo de las drogas en el barrio de sa Penya.
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Una respuesta a Escasez de cadáveres

  1. Margarita Paz dijo:

    Es verdaderamente escalofriante. Precisamente, hace poco, he vuelto a leer Los ladrones de cadáveres, de Stevenson y he visto la película, con Boris Karloff a la cabeza. Espero que hayan cambiado un poco las cosas desde entonces, aunque he leído que en Méjico y en Cochabamba, Bolivia, se trafica con cuerpos que no se sabe muy bien de dónde vienen y hay mafias que roban huesos de los cementerios para que los estudiantes de Medicina puedan practicar en sus clases de Anatomía. Pone los pelos de punta, ¿no?

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