La pareja perfecta

Ya dicen que siempre hay un marco para un cuadro. Y vaya  si lo hay. Ella, que vendría a  ser el marco –o el cuadro, según se mire–, se llama Raquel y él, la otra parte de la balanza, es José Antonio. Ella ya apuntaba maneras, porque siempre prefirió ‘cultivar’ sus uñas antes que su educación y tenía una capacidad innata para  sonreír aunque el tipo que tuviera enfrente la estuviera insultando con mayor o menor sutileza. Él también apuntó rápido, porque siempre fue un consentido con una servicial madre-criada y un padre rico en capital y pobre en educación que creía que triunfar en la vida era tener dinero para comprar la adulación de ‘pelotas’ que en el bar –aunque sólo después de un día arrastrándose tras su senda– admitían que el tipo era un energúmeno troglodita. Y José Antonio era totalmente la astilla del palo, hasta en la estampa prematuramente barriguda, con la única diferencia de que había tenido que trabajar menos que su progenitor para tener dinero, aunque no es que el progenitor se lo hubiera ganado con la honestidad ni el tacto suficiente para poder disfrutar de esa clase de respeto que ni Onassis ni el Tío Gilito pudieron comprar.

La familia de Raquel no tenía el dinero que a ella le hubiera gustado gastarse en estupideces, la verdad, y su padre –un buen tipo pero con poco tiempo disponible– intentó que su hija lo entendiera. Y vaya si lo entendió; entendió que sólo un marido rico podría darle la vida que ella  merecía. Ella, que lo que merecería, realmente, es haber vivido en una época anterior a la obtención del voto femenino. Porque, total, Raquel –y apostaría un dedo– vota al partido conservador al que vota su marido pero no tiene ni idea –¿para qué?– de qué defiende tal partido; cosa de hombres, como el fútbol.

Estaba destinada a encontrar a José Antonio, un patán sin atractivo ninguno, un calco de un padre cromagnon, grosero y escandaloso que trataba a las mujeres con cierto desprecio sencillamente porque, ya que todos los demás hombres del mundo podían considerarse mejores que él, alguien tenía que estar por debajo. En realidad, supongo que me equivoco y sí, sí es atractivo, atávico pero atractivo… para Raquel, al menos, porque exuda el intenso aroma del dinero y hay quien se excita con las cosas más extrañas…

Y hoy, ella, dueña de la casa, consentida y con criada no tendrá mucho más de 30 y ya  se gasta el dinero que no gana –o sí, según se mire– en estirarse el pellejo, subirse los pómulos o lo que sea y hacerse tratamientos de esos especialmente inventados para sacar el dinero a mujeres como ella… y ha comentado con sus amigas que está pensando en echarse un amante, porque se aburre un montón, aunque, eso  sí, ama a  su marido como el primer día, porque sigue teniendo mucho dinero ¿y por qué eso no puede ser un factor tan importante como unos ojos negros?

A  José Antonio, por su parte, ya le aburre un poco la estampa de pija siempre perfecta de una Raquel cada vez más caricatura de sí misma –aunque la quiere, faltaría más– y no esconde demasiado que prefiere ir a buscar desgraciadas a los prostíbulos, y que a ser posible sean más arrabaleras y ordinarias que su esposa. A fin de cuentas, como a su padre, lo que siempre le ha puesto las pilas es poder comprar a los demás. ¿O no es eso lo que hizo con Raquel?

Y Raquel decide que un niño es lo único que le falta a su estampa de pareja perfecta, así que ahora también pasean criatura malcriada y perfecta como si la hubieran adquirido en una subasta de Sotheby’s…

Quizás Raquel se acuerde alguna vez de aquel policía local sin ‘pasta’ pero con ternura al que algún día lejano dejó en la cuneta porque ella tenía ambiciones y él demasiada integridad. Y la muy estúpida aún se sentirá orgullosa de su elección. Estoy segura, a pesar de que no hay más que verlo pasar para saber que a ese policía de ojos vehementes lo último que le hace falta es dinero para  ser un hombre. No sé qué pensará ella, pero yo me alegro por él; de la que  se libró, el pobre…

¿Conoces a Raquel y a José Antonio? Hacen una pareja perfecta, y eso es, precisamente, lo más repugnante, darse cuenta de que siempre hay una mujer perfecta para esta clase de tipos, y un hombre adecuado para una como ella… Seguro que podría decirlo mejor Dorian Gray, pero por muy feo que sea un cuadro, siempre habrá un marco hecho a su medida. Y así no avanzamos nada. Qué triste.

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En periodismo, he pasado de la sección de sucesos (sin abandonarla completamente) a realizar un periodismo divulgaltivo, de temas científicos y sobre el patrimonio natural, histórico, arqueológico y cultural de las islas, con especial atención a la divulgación del patrimonio marino. Éste es un trabajo que realizo, principalmente, con la colaboración del fotógrafo Joan Costa, con quien, en abril de 2017, he publicado el libro '101 flores de Ibiza y Formentera'. He publicado una decena de libros. Entre ellos 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín.
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