La Santa Muerte

En el barrio ibicenco de sa Penya hay quien le reza a la Virgen para pedirle que el negocio de la droga sea próspero y los ‘maderos’ tengan a bien mantenerse alejados de su casa, que hay que ganarse la vida.

La Mafia siciliana se encomienda a la Madonna Annunziata, santa patrona di Cosa Nostra, para que no le falle el pulso a la hora de apuntar a vida o muerte. Y los extorsionadores y el resto de los ciudadanos comparten veneración por la santa que libró a la isla de la Peste, Rosalía, sin importar qué pensaría la buena mujer de sus actividades.

Son veneraciones que no dejan de resultar curiosas, aunque perfectamente comprensibles, porque el mundo no es perfecto y si hay curas que abusan de niños, ¿por qué no habría que entender que haya asesinos o traficantes que busquen la encomienda de los santos? Además, ellos creerán merecerla bien, ¿y por qué no?

Pero hablando de veneraciones extrañas, los mexicanos van más allá, porque los que se dedican a la droga y la muerte, puestos a elegir santo, se han buscado uno que no está en el santoral y que la Iglesia Católica se niega –no es para menos– a aceptar. De hecho, ha condenado expresamente su devoción. Y es que a los traficantes mexicanos se les ha dado por ofrendar a la Santa Muerte. No es un culto nuevo, pero se ha extendido como la pólvora en muchos lugares de América y uno puede encontrar hasta capillas públicas presididas por un tétrico esqueleto cubierto con túnica o hasta vestido de novia, con sus abalorios, con su guadaña o sosteniendo un globo terráqueo en señal de que lo domina todo. A sus pies, como ofrendas, tequila, tabaco y marihuana.

Y quienes a diario ponen en peligro su vida (o la de los demás) en las calles de México lindo también se han pasado sin dudar al culto a ‘la Flaquita’ –no me lo he inventado; la llaman así– y le recitan una plegaria: “Santísima Muerte de mi adoración, no me desampares de tu protección”. Y aunque yo haya destacado como adoradores a traficantes y sicarios, también lo veneran policías, maestros de escuela o comerciantes. Da igual.

Los adoradores de Satanás, al menos, no tienen tan tétrico gusto, porque poner un esqueleto vestido en la puerta de tu casa me parece una pesadilla; la imagen de un macho cabrío rojo y con cuernos me resulta menos pavorosa.

No entiendo la gracia de venerar un esqueleto, pero del mismo modo que nunca entenderé por qué a ciertas personas les gusta tener restos humanos no frescos en lugares visibles. No comprendo que en iglesias del mundo entero se den de tortas por tocar y besar algún miembro incorrupto –sea cual sea– de uno u otro santo. ¡Qué asco!

Adorar al Dios pintado por Miguel Ángel, a santos dorados y a vírgenes de túnicas blancas es más estético y más tranquilizador, al menos. Y si bien cada uno que adore lo que le dé la gana –aunque a mis amigos ateos les parezca mal cualquier tipo de adoración, que luego son más intolerantes que lo que critican– yo espero que la devoción a la Santa Muerte no cruce el Atlántico y que los traficantes de sa Penya sigan tatuándose a la Virgen en el pecho, sobre el ‘Amor de madre’, y nunca planten esqueletos disfrazados en las puertas de sus casas, que es lo que le faltaba al barrio.

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En 2014 se publicó 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', un libro dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín. Y en 2016 se edita el libro 'Sa Penya blues. El crimen del minusválido', en el que el asesinato de un paralítico sirve de pretexto para adentrarse en el submundo de las drogas en el barrio de sa Penya.
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