La genética y la teoría de la conspiración

El archivo genético funciona. Un tipo arrestado en mayo por intento de violación ha resultado ser el responsable de una violación de 2007 en Murcia; su huella genética le ha relacionado con aquel caso sin resolver y la víctima le ha reconocido en una foto. Y en los últimos días, los perfiles genéticos han permitido esclarecer también un homicidio ocurrido en Canarias en 1994 y una triple agresión sexual en Málaga, en 2001. ¿Quién era que estaba en contra de la creación de este archivo? En el año 2009 se resolvieron 194 agresiones sexuales y 140 homicidios gracias a la reseña genética

Cuando en 2007 se aprobó la ley (LO 10/2007) que permitió a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado crear un archivo genético en el que se incluyeran los perfiles de todos los detenidos o imputados por delitos graves, incluidos los sospechosos de delitos relacionados con el terrorismo, se abrió un debate que aún hoy, a pesar de los resultados, no parece cerrado. La controversia radica en que hay quien se empeña en mantener que hacerse con el ADN de criminales violentos vulnera su intimidad. A estas alturas y como si el montón de rayitas o secuencias de letras y números en el que se resume un perfil genético –y que es lo único que los policías tienen– fuera más íntimo que las huellas dactilares o que te cacheen aleatoriamente cuando te dispones a subir a un avión sin ni siquiera haber fantaseado con secuestrarlo y hacerlo aterrizar en Palermo.

El problema es que a veces se quiere ser tan garantista que se acaba ‘emparanoiado’ y viendo conspiraciones del Gobierno hasta en los códigos de barras de los yogures. Y el ‘síndrome Iker Jiménez’ no es nada recomendable. Si ese archivo hubiera existido antes y pudiera compararse una base de datos de pruebas de ADN de delincuentes con las muestras que se obtienen durante las inspecciones oculares, Sonia Carabantes posiblemente no hubiera muerto, porque Tony King podría haber ser sido detenido después de matar a Rocío Wanninkhof. Quizás se habría encontrado al asesino de Mónica Juan, degollada en Ibiza en 1995… Para mí, eso son argumentos de peso y –no siento decirlo– poco me preocupa la intimidad de un asesino o de un agresor sexual  si se puede evitar otro crimen en su carrera. En mi balanza, la sangre pesa más.

¿Y qué creerán los garantistas que la Policía va a hacer con las muestras de ADN? Porque no es lo mismo sacar una simple huella genética que dedicarse a buscar entre secuencias características fenotípicas del individuo. El ADN que se estudia en Medicina Legal es parte del que se llama no codificante que, como las huellas dactilares, poca información más puede aportar.

Luego, los paranoicos se preguntan qué se hará con la sangre restante –si es que se toma sangre para la muestra–… ¿Vendérsela a los vampiros? Eso es. A los vampiros de las empresas que quieran sacar del ADN información sobre alteraciones o predisposiciones genéticas que hagan a alguno inadecuado para cierto trabajo… Sí, claro. ¿Y por qué debo desconfiar más de las Fuerzas de Seguridad que del enfermero que me saca sangre para un análisis?

Y además, ¡qué diablos!, estamos hablando de asesinos que gracias al ADN pueden pasar muchos años entre rejas. Aunque claro, también está el temor a que los hombres de negro, las oligarquías dominantes, los masones o quién sea quieran ampliar el archivo y meter en él a todos los ciudadanos, buenos y malos. “Eso es lo que pasará al final”, me dice un amigo que quiere pensar que sólo es neurótico… Sí, seguro. Hace más de un siglo que se han implantado los archivos de huellas dactilares y resulta que ni la Policía ni la Guardia Civil pueden encontrarme si no estoy fichada.

Pero claro, es que yo, además de ‘fichada’, estoy muy militarizada…

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En 2014 se publicó 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', un libro dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín. Y en 2016 se edita el libro 'Sa Penya blues. El crimen del minusválido', en el que el asesinato de un paralítico sirve de pretexto para adentrarse en el submundo de las drogas en el barrio de sa Penya.
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