El estadista de Dios

Aquel había sido un buen año. Por lo menos para el trabajo que el padre Francesco Agustinelli tenía encomendado. Más de 20 millones de fieles habían pasado por Roma y se habían confesado y ahora él tenía sobre la mesa de su despacho un montón de carpetas con informes llegados de todas las iglesias de la ciudad.

Los capellanes que trabajaban al servicio de su departamento ya sabían como Agustinelli quería las cosas. Las estadísticas le gustaban y disfrutaba de su trabajo, pero más allá del recuento del pecado, creía que los detalles que los números no daban eran importantes para entender la realidad de los seres humanos, al menos de aquellos que se acercaban a un confesionario a recitar sus miserias a un representante de Dios. Además, tenía que admitirlo, conocer los pequeños –o grandes– secretos de los fieles era una licencia festiva para un hombre como el padre Agustinelli, cuyos únicos pecados –si podían considerarse tales– eran la arrogancia de la inteligencia, la devoción casi blasfema que profesaba a Jimmy Fontana y cierta afición inconfesada a la grappa.

De esta forma, los informes que le enviaban desde todos los puntos de la Città eterna eran algo más que datos: sus capellanes, con redacción más o menos aceptable, incluían en sus carpetas los relatos de aquellas confesiones que más habían llamado su atención o que se referían a los pecados más graves. Y amplios resúmenes con sus conclusiones sobre las debilidades y defectos de sus feligreses y visitantes. No era un método muy científico, pero compensaba la frialdad de los puros datos y ofrecía al padre Agustinelli interesantes anécdotas de las que hablar con el Papa cuando se reunía con él para entregarle su estadística anual del pecado.

Para no olvidar nada que debieran contar a su superior y tomándose su trabajo muy en serio, algunos confesores se atrevían incluso a grabar las confidencias de sus fieles –una tentación al parecer irresistible esa de grabar al prójimo– y después se veían obligados a recurrir a los servicios de algún compañero al que confesarle su pequeño pecado de espionaje, de tal forma que las grabaciones ilegales de los secretos de confesión estaban a un paso de entrar en las estadísticas del padre Francesco.

Se preguntaba hasta donde podría llegar la cadena si un sacerdote grababa a otro que le estaba confesando el uso de la grabadora y éste, a su vez, debía reconocer en un reclinatorio que había grabado a su compañero en la fe. Aquello no podía llegar a oídos del Papa.

En fin. Abrió la primera carpeta y extrajo la información que le enviaba el párroco de Santa Maria Maggiore. Un santo hombre. Descubrió que habían aumentado las confesiones por crímenes de sangre y se dijo que il mondo se estaba yendo al garete, no por el hecho de que se incrementaran los crímenes sino porque aumentaban entre aquellos que creían necesaria la confesión eclesiástica de los mismos para redimirse. Un  detalle que debería analizar a fondo.

La mayoría de los relatos de los fieles se refería, como era habitual, a mentiras y engaños a sus seres más queridos, cuestiones que afectaban a la moral pero que no podían poner a nadie en aprietos con la Justicia humana. Sin embargo, aquel buen año llamaban la atención los delitos que, además de ser reprobables moralmente, podían encontrarse en algún apartado del Código Penal de cualquier país. Descubrió que los traficantes de droga o los explotadores de menores echaban cuentas con Dios porque era más práctico que hacerlo con los tribunales, y que el párroco había grabado las confesiones de todos ellos –le enviaba una cinta–, dándoles la absolución a cambio de un par de plegarias al cielo. Quizás no había sido tan buen año, después de todo.

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Acerca de territoriocat

Cristina Amanda Tur (CAT). Licenciada en Ciencias de la Información y diplomada en Criminología Superior. Compagino periodismo y criminología con la novela policíaca. En 2014 se publicó 'El hombre de paja. El crimen de Benimussa', un libro dedicado al cuádruple asesinato que tuvo lugar en Ibiza en 1989, en un ajuste de cuentas del cartel de Medellín. Y en 2016 se edita el libro 'Sa Penya blues. El crimen del minusválido', en el que el asesinato de un paralítico sirve de pretexto para adentrarse en el submundo de las drogas en el barrio de sa Penya.
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